21 de septiembre 2001 - 00:00

Memorable recital del estupendo José van Dam

José van Dam
José van Dam
Uno de los pocos artistas completos de la lírica universal hizo una pasada fugaz por el Teatro Colón, con algunas arias de su cuerda como solista, logrando que el alicaído ciclo de abono de la Filarmónica por una vez llenara la sala.

José van Dam fue clamorosamente recibido, en premio a su trayectoria, su indiscutible talento y la posición de privilegio que ocupa en el plano internacional. Es que Van Dam trascendió los escenarios para triunfar también como actor dramático en el cine: fue el protagonista del exitoso film «El maestro de música», donde es posible entrar en la vida íntima de un cantante rodeado de poesía; también lo encontramos haciendo un gracioso Leporello en la versión fílmica de «Don Giovanni», dirigida por Joseph Losey, una joya del género que reunió a figuras como Teresa Berganza, Kiri Te Kanawa, Ruggero Raimondi y Edda Moser.

Precisamente con ese rol inició este memorable concierto. Ese dechado de gracia que es «Madamina, il catalogo è questo», cuando Leporello cuenta en detalles físicos y numéricos las conquistas de Don Giovanni en los países donde residía. Desde aquí hasta el final, fue un reencuentro con su voz potente y aterciopelada y su musicalidad innata; su dominio del estilo mozartiano se exhibió como un modelo de interpretación también con Figaro en «Non piú andrai...» y en el aristocrático Almaviva con «Hai già vinta la causa».

Unos pocos minutos le alcanzaron para mudarse del clasicismo al alto romanticismo verdiano, y cantó con dolorosa intensidad «Ella giammai m'amó», su antológica versión de la soledad de Felipe en la ópera «Don Carlo», y en el aria «Dormiró sol nel manto mio regal» fue una transmisión emocional difícil de olvidar. Para romper el clima trágico que él mismo había creado, todo se iluminó con «La calunnia» del Barbero rossiniano. Las ovaciones lo hicieron volver varias veces al escenario, aun después de haber ofrecido como bis personajes diabólicos; el último fue el Mefistófeles del «Fausto», de Gounod.

Y José van Dam es un gran artista, hombre templado y de gran bonhomía, tanta como para haber tolerado estoicamente el vulgar acompañamiento del ignoto director suizo Michel Tabachnik, quien con trazos gruesos enmarcaba las delicadezas del cantante, que hubiera merecido un director de su misma categoría.

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