26 de febrero 2007 - 00:00

Mendoza: "invade" el arte la ruta del vino

Las modernidad de las obras del artista mendocino Eduardo Hoffman contrasta con laausteridad medieval del edificio que las alberga: una bodega, que al igual que otras en lamisma Mendoza, han dado cabida al arte.
Las modernidad de las obras del artista mendocino Eduardo Hoffman contrasta con la austeridad medieval del edificio que las alberga: una bodega, que al igual que otras en la misma Mendoza, han dado cabida al arte.
Empresarios como David Rockefeller en EE.UU. o Torcuato Di Tella en Argentina, advirtieron hace casi medio siglo que el arte contemporáneo, además de crear una atmósfera visual bella y estimulante en sus lugares de trabajo, agregaba una ventaja competitiva a sus corporaciones. Desde entonces, el arte llegó a las empresas para quedarse, demostró que además de deparar placer estético, contribuye a afianzar los lazos sociales y políticos y, de manera indirecta, también a incrementar el rendimiento económico. Así, con modalidades de exhibición de lo más diversas, las muestras o colecciones corporativas prosperan en el mundo. En nuestro país, la ruta de las bodegas mendocinas es un buen ejemplo de esta expansión, ya que en estos últimos años el arte ha invadido las fincas.

La semana pasada, la bodega Fournier inauguró su nuevo edificio en el Valle de Uco, con una muestra del pintor mendocino Eduardo Hoffmann. La imponente arquitectura de cuño mendocino evoca el estilo brutalista que le dio fama a Clorindo Testa, autor del Banco de Londres y la Biblioteca Nacional. Sobre el hormigón al descubierto de la oscura y silenciosa cava de más de 3.000 metros cuadrados, donde duermen cientos de barriles de vino, irradian su esplendor las inmensas pinturas de Hoffmann. Hoy, cuando cada vez más el arte tiende a convertirse en espectáculo para las masas, esta exhibición casi secreta y a contracorriente de la moda, le regala al visitante una experiencia estética penetrante y muy particular. Lejos del bullicio y las multitudes que invaden galerías y museos, el encuentro con las intensas pinturas del artista se vive de otra manera, sin distracciones.

La modernidad de la obra refugiada en la penumbra de ese claustro, contrasta con la austeridad medieval del recinto. En ese escenario, las pinturas adquieren un protagonismo insuperable y ofician de excitante despertador para el sentido visual. El contexto favorece la interpretación. La razón de ser de una obra que demanda una mirada prolongada, se revela a través de la contemplación, y así se descubre el misticismo que la inspira. Las pinturas, todas de gran escala, están imbuidas de espiritualidad y van desde la calma de una paleta monocroma, hasta el derroche de colores vibrantes con pinceladas expresivas y dramáticas.

La seducción que ejercen los materiales en el artista, se advierte en las elaboradas texturas que enfatizan la trascendencia del contenido en cierto modo religioso de la obra. Hay laceraciones en la piel de la tela, que se perciben como heridas que Hoffmann sutura con costurones, y hay un sentimiento de dolor que trasmiten esos tajos. Es decir, el sentido de la obra se construye con un trabajo mental y, a la vez, con el dominio artesanal de los materiales. Esa alianza del pensamiento, la emoción y la materia, se torna visible en la vitalidad y armonía de las imágenes.

El camino que recorre la muestra va desde la abstracción a la figuración, en un meditado proceso donde cada obra abre camino hacia la siguiente. El abuelo de Hoffmann fue un pintor aficionado y coleccionista de las obras de Fernando Fader, que dieron origen al museo que lleva su nombre. Como un viejo amante de la pintura, el artista se regodea con la historia del arte. En su memoria resuenan las estampas japonesas que conoció en Oriente, las formas hechiceras de Gorky o de Matta y el gesto raudo del neoexpresionismo alemán. Esos ecos, como voces lejanas, repercuten en sus cuadros.

Una de las obras más bellas de la muestra es un díptico donde las formas de ambas pinturas -una rosa y una negra- son exactamente iguales y se complementan. En las dos se vislumbra un horizonte y un campo de estrellas, aunque la abstracción es total. Lo que en verdad difiere es el tiempo: la rosada semeja un amanecer y la negra un nocturno, una trae una contagiosa alegría y la otra la inquietud de las sombras.

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