10 de abril 2006 - 00:00

Miradas más sensibles en las Colecciones de Artistas 2006

Antes de iniciar una importante obra de ampliación de su sede, la Fundación Proa de La Boca presenta la segunda edición de la muestra «Colecciones de Artistas». Los curadores Patricia Rizzo y Sergio Avello convocaron, en pleno rigor del año 2001, a varios artistas argentinos para que mostraran sus «colecciones», cuando el fin de la convertibilidad impuso un duro paréntesis a las muestras provenientes del extranjero.

Proa, que cumplía con la misión didáctica de dar a conocer grandes artistas internacionales que nunca -o rara vez- llegan a la Argentina, cambió el rumbo de su programación. Más allá de que los gastos de importación se triplicaron de repente, otras urgencias y prioridades afloraron con la crisis, y la directora de la institución, Adriana Rosenberg, miró hacia dentro para compensar el vacío.

Si la muestra de 2001 tuvo el carácter íntimo de un encuentro entre amigos, la de ahora es una verdadera fiesta, y marca diferencia sin proponérselo. La multitud de invitados que se sumó al vernissage puso en evidencia el espacio social que ha ganado el arte. Ahora, si bien se reiteran el formato, los curadores y el espíritu de juego determinado por el eclecticismo de las obras expuestas, hay nuevos protagonistas, los artistas Facundo De Zuviría, León Ferrari, Alberto Goldenstein, María Juana Heras Velasco, Roberto Jacoby, Marta Minujin, Marcelo Pombo, Dalila Puzzovio y Clorindo Testa.

Como entonces, la exposición no tiene otro hilo conductor que el de las preferencias de sus dueños. La gracia y el interés que suscita la muestra está más determinado por la posibilidad de indagar e, incluso, poner a prueba el juicio estético de quienes reunieron las obras, que por evaluar el conjunto.

Para comenzar, se supone que los artistas -en este caso todos consagrados-, tienen una mirada más sensible y perspicaz que la del común de la gente. En los hechos, el ojo del artista suele diferir con el del público, o servir de enriquecedora guía para coleccionistas y galeristas.

Además, la muestra invita a tener en cuenta algunos imponderables, como la admiración o el placer que les provoca el arte de sus pares, el afecto que suscitan sus autores o amigos, sin dejar de lado la capacidad para negociar, intercambiar o adquirir determinadas obras con las que conviven. Como cada artista presenta su propia obra junto a su «colección», la exhibición agrega la posibilidad de analizar divergencias o afinidades estéticas.

El primer dato que surge del recorrido -y no es casual-, es la significativa presencia de Pablo Suárez, el único artista que figura en tres de las nueve colecciones. La coincidencia se debe sin duda alguna a su talento, a su capacidad para representar el «ser argentino» con un estilo inconfundible donde se cruzan el drama y el humor. Se puede advertir también, el respeto y cariño que inspiran su obra y su persona. Pero el detalle que se debe tener en cuenta es la generosidad de Suárez, ya que son muchas las colecciones que se nutrieron con sus gestos de libertad y grandeza.

Roberto Jacoby cuenta que la mayor parte de su colección está integrada por regalos, como justamente la estupenda y representativa escultura de Suárez, una obra temprana y bellísima de Jorge Gumier Maier, y entre otros, de Miguel Harte, Sebastián Gordín y León Ferrari. «La foto de Kuropatwa donde estoy con Kiwi Sainz, registra una larga historia de amor que algún día les contaré», promete el conceptualista.

En su selección hay dos trabajos históricos, comprados en las primeras muestras de Sergio Avello, hace casi 20 años, y de Marcelo Pombo, hace alrededor de 15. Jacoby contribuyó a cimentar con su apoyo el espacio que hoy ocupa Belleza y Felicidad, donde adquirió unas pinturas de Fernanda Laguna, quien le obsequió otras, y de Sergio De Loof. «No soy coleccionista -afirma Jacoby-, son trabajos de amigos que me gustan».

De Zuviría, en cambio, reconoce su afán por formar una colección, y rememora nostálgico: «En los 80 todos éramos jóvenes, no pesaban tanto el mercado, la carrera, la cotización y otras modernidades. Regalar o recibir un regalo no era una rareza, sino más bien una simple buena onda. Así tengo un Suárez y Prior buenísimos. Muchos amigos me dieron obra en pago a cambio de mi trabajo de documentación fotográfica, y en ocasiones, pocas, compre obras con bastante sacrificio, aunque jamás me arrepentí de estos 'gastos'».

Con la fuerza que ostentan las obras con calidad museística, sobresale una fotografía excepcional de Witcomb, un retrato de dos amigas, acaso el único coloreado a mano. Pero la colección De Zuviría está llena de tesoros, como la foto «La caballería» (Raúl Corrales, 1960), que representa la entrada de Fidel Castro y la guerrilla en La Habana, el célebre retrato del «Che», «El guerrillero heroico» (Alberto Korda, 1960, copia de 1985), una imagen vintage de Grete Stern que recuerda a De Chirico y «El patito» de Marcos López (1986). «Tengo obras de Bruzzone, Benedit, García Uriburu, Maresca, Garófalo, Pierri, Esnoz, Conte, Londaibere, Simes, un poético García Sáenz, y una vasija roja de 1985 simplemente maravillosa de Juanjo Cambre», enumera con orgullo.

Para Dalila Puzzovio -como para todos-, su colección implica la suma de recuerdos « entrañables». «'La maga excitada' de Charlie Squirru -relatame remite al momento en que ambos fuimos seleccionados como finalistas para el premio Ver y estimar; la de Alberto Greco, quien me llamaba su ángel de la guarda, a cuando él llegó de España con Antonio Gades para exponer en la galería Bonino su 'Vivo Dito'; a esa mañana en la pinturería Leidi, en la que mientras esperábamos los bastidores, pidió una tela y crayones, dibujó su propia mano y me la dedicó».

Puzzovio añade: «el video de Jaime Davidovich es una joya, el recuerdo de un maestro del video arte argentino que hoy triunfa en Nueva York; el George Macuinas habla de la contemporaneidad de ideas que Fluxus difundió en el mundo, fue el pionero de los happenings junto a John Cage y Alan Kaprow, y mi retrato de Alejandro Kuropatwa, fue un canje de mutua admiración».

Cada coleccionista construye un recorte personal de la historia del arte, y las obras que alberga Proa son valiosas por más de un motivo. El proyecto de volver a reunir a los artista con el público resulta así imprescindible, para poder continuar este relato.

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