11 de julio 2001 - 00:00

Mitos ancestrales en la obra de Dompé

Obra de Hernán Dompé.
Obra de Hernán Dompé.
(09/07/2001) Entre otros artistas argentinos, Hernán Dompé (1946) expone sus obras en el Museo Nacional de Bellas Artes Neuquén. Las esculturas de Dompé -que reside y trabaja al pie del cerro Uritorco, en Córdoba-recobran, desde una perspectiva contemporánea y propia, la aptitud religiosa y social del totemismo.

Hay en sus obras una resonancia de sacralidad y una disposición de tono moral: él mismo indicó que sus tótems encierran una propuesta terrenal, tan sostenida en nuestro tiempo: la de impedir y detener la destrucción del medio. Pero tal objetivo procede del carácter espiritual de los tótems: el hombre de hoy, como el de ayer, encarna esa dualidad.

A mediados de los años '60, Dompé realiza estudios en España y Francia. Diez años más tarde, con el mismo objeto, vuelve a Italia y visita Holanda, Alemania y Suiza. En 1982, viaja a los Estados Unidos con una beca, instalándose en NuevaYork durante un año. Pero el viaje esencial fue, sin duda, el que lo lleva a recorrer Perú y México, en 1980, donde toma contacto con las realizaciones de aztecas, mayas, quichés e incas.

El camino elegido por Dompé es el que parte de la antigua América y llega hasta la de hoy, estrechamente comunicada con la Europa invasora del siglo XVI y con los Estados Unidos que crecieron en un vasto territorio sin grandes culturas indígenas.

Como las pirámides mayas y aztecas, «Testigo», de Dompé, sugiere la persistencia ante un porvenir de destrucción. La elección de la madera y el plomo no son accidentales, por cierto: aquélla y éste se encuentran en la naturaleza y ambos sirven, transformados por la cultura, para proteger y, a la vez, dañar al hombre, su transformador. Dompé recrea antiguas formas y métodos alusivos a las arcaicas sociedades latinoamericanas, con técnicas que producen objetos capaces de actualizar el regionalismo precolombino.

Incas, aztecas, mayas: todo aquello que Dompé sintió en el Perú y en México -la naturaleza, la arquitectura, las piezas de arcilla, las esculturas de piedra, las armas, que procedían de una elaboración indudablemente artísticaoperan como catalizadores en su búsqueda de una identidad regional. Su remisión al universo precolombino (armas, herramientas agrícolas, barcas, tótems) aspira al rescate de cánones que traducen una visión integral del mundo, fundada en una estrecha unidad entre la naturaleza y la vida espiritual del hombre.

Lo primero que asombra en las esculturas de
Dompé es su consumada ejecución, tan precisa y, a la vez, tan imaginativa. La madera, el hierro y el bronce, a los que ha circunscrito la mayoría de sus obras más recientes, y antaño el mármol y el granito, ceden por entero en las manos del artista, sin situaciones forzadas ni desarmonías. Además, acude también a los elementos y artículos más insólitos, muchos de los cuales, sin embargo, eran utilizados por las sociedades arcaicas (y lo son aún) como adornos y amuletos: huesos, dientes y cráneos de animales, astas, cerdas, caracoles, pero también, eslabones de cadenas, clavos, telas, llaves, cueros, sogas, tapas de cerradura, mangos de violín.

Dompé realiza las «Barcas», erizadas de puntas agudas en la cubierta y en la quilla, pero esbeltas y arrogantes en su quietud; las «Ballestas», los «Cuchillos», las «Hachas» y las «Herramientas» agrícolas, caracterizadas por su enorme altura y su presencia enigmática; y los «Tótems». Los tótems son altos (de hasta 2,50 m), y en ellos, el artista sintetiza la medida más terminante de su creatividad, aunque no es exagerado suponer que las armas, los utensilios de labranza y aun las naves constituyen, más allá de sus apariencias formales, otras tantas entidades totémicas.

Símbolos

Según Dompé, los totems son «los símbolos básicos del enlace entre la tierra y el cielo». El tótem (esta palabra viene de la lengua de los ojibwas, indios que poblaban parte del territorio norteamericano y el canadiense) es, casi siempre, una especie animal o vegetal, y rara vez, una clase de objetos inanimados o hechos por el hombre, al que la tribu testimoniaba (y testimonia todavía, en algunas sociedades aborígenes) un supersticioso respeto, por considerar que, entre sus miembros y el tótem, existía una indisociable relación de parentesco.

El totemismo era entonces (y es, donde aún se lo practica) un sistema religioso, quizás el prime-ro de la humanidad en términos cronológicos, y, a la vez, social, porque investía las creencias espirituales de la tribu (que llevaba el nombre de su tótem como el apellido de una dinastía, pues el tótem era hereditario), y de tales creencias derivaban sus normas jurídicas, políticas y éticas.

Dompé las representa en sus «Tótems», cuya materia básica es la madera, una sustancia natural por excelencia, aunque el hierro tiene participación en casi todos ellos, tanto de manera total como parcial. La forma de estas esculturas responde a un modelo: se trata de una columna, con un basamento y una coronación: un ave, un conjunto de medias lunas, un tridente, un casquete. Las columnas están labradas y facetadas; en alguna de ellas, parece advertirse una figura humana (dos ojos, la nariz, la boca); muchas tienen el contorno dentado (es el caso de «Tótem azul», una de las más atrayentes); y otras culminan con elementos tomados de las armas (el arco de la ballesta, la hoja del cuchillo).

En suma, los
«Tótems» se elevan como plegarias del hombre -en su doble condición de hacedor y depredador-a la providencia, al centro de donde emana su sentido último de la vida y la muerte. En un mundo que deteriora día a día la naturaleza y que en tantos lugares se ensaña con la dignidad humana, el discurso de cualquier exhibición de Dompé es, entonces, un despliegue de obras que se imponen por la inventiva capacidad de sus formas y por el espacio espiritual que crean.

Es un espacio surreal, donde flotan los mitos de América, redimidos por un artista de hoy. Pero el valor simbólico es dominante en sus esculturas, que inducen al espectador a una lectura contextual: las connotaciones de sus obras superan nuestro tiempo y nuestra geografía.

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