11 de julio 2001 - 00:00
Mitos ancestrales en la obra de Dompé
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Obra de Hernán Dompé.
Lo primero que asombra en las esculturas de Dompé es su consumada ejecución, tan precisa y, a la vez, tan imaginativa. La madera, el hierro y el bronce, a los que ha circunscrito la mayoría de sus obras más recientes, y antaño el mármol y el granito, ceden por entero en las manos del artista, sin situaciones forzadas ni desarmonías. Además, acude también a los elementos y artículos más insólitos, muchos de los cuales, sin embargo, eran utilizados por las sociedades arcaicas (y lo son aún) como adornos y amuletos: huesos, dientes y cráneos de animales, astas, cerdas, caracoles, pero también, eslabones de cadenas, clavos, telas, llaves, cueros, sogas, tapas de cerradura, mangos de violín.
Dompé realiza las «Barcas», erizadas de puntas agudas en la cubierta y en la quilla, pero esbeltas y arrogantes en su quietud; las «Ballestas», los «Cuchillos», las «Hachas» y las «Herramientas» agrícolas, caracterizadas por su enorme altura y su presencia enigmática; y los «Tótems». Los tótems son altos (de hasta 2,50 m), y en ellos, el artista sintetiza la medida más terminante de su creatividad, aunque no es exagerado suponer que las armas, los utensilios de labranza y aun las naves constituyen, más allá de sus apariencias formales, otras tantas entidades totémicas.
Símbolos
Según Dompé, los totems son «los símbolos básicos del enlace entre la tierra y el cielo». El tótem (esta palabra viene de la lengua de los ojibwas, indios que poblaban parte del territorio norteamericano y el canadiense) es, casi siempre, una especie animal o vegetal, y rara vez, una clase de objetos inanimados o hechos por el hombre, al que la tribu testimoniaba (y testimonia todavía, en algunas sociedades aborígenes) un supersticioso respeto, por considerar que, entre sus miembros y el tótem, existía una indisociable relación de parentesco.
El totemismo era entonces (y es, donde aún se lo practica) un sistema religioso, quizás el prime-ro de la humanidad en términos cronológicos, y, a la vez, social, porque investía las creencias espirituales de la tribu (que llevaba el nombre de su tótem como el apellido de una dinastía, pues el tótem era hereditario), y de tales creencias derivaban sus normas jurídicas, políticas y éticas.
Dompé las representa en sus «Tótems», cuya materia básica es la madera, una sustancia natural por excelencia, aunque el hierro tiene participación en casi todos ellos, tanto de manera total como parcial. La forma de estas esculturas responde a un modelo: se trata de una columna, con un basamento y una coronación: un ave, un conjunto de medias lunas, un tridente, un casquete. Las columnas están labradas y facetadas; en alguna de ellas, parece advertirse una figura humana (dos ojos, la nariz, la boca); muchas tienen el contorno dentado (es el caso de «Tótem azul», una de las más atrayentes); y otras culminan con elementos tomados de las armas (el arco de la ballesta, la hoja del cuchillo).
En suma, los «Tótems» se elevan como plegarias del hombre -en su doble condición de hacedor y depredador-a la providencia, al centro de donde emana su sentido último de la vida y la muerte. En un mundo que deteriora día a día la naturaleza y que en tantos lugares se ensaña con la dignidad humana, el discurso de cualquier exhibición de Dompé es, entonces, un despliegue de obras que se imponen por la inventiva capacidad de sus formas y por el espacio espiritual que crean.
Es un espacio surreal, donde flotan los mitos de América, redimidos por un artista de hoy. Pero el valor simbólico es dominante en sus esculturas, que inducen al espectador a una lectura contextual: las connotaciones de sus obras superan nuestro tiempo y nuestra geografía.


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