6 de julio 2001 - 00:00

Naufraga un film en un mar de obviedades

Naufraga un film en un mar de obviedades
Hace bastante tiempo ya que se ve poco cine italiano en la Argentina. La gozosa «Pan y tulipanes» acaba de demostrar que, cuando aparece una película de esa nacionalidad, el público responde: con un promedio de 1.500 espectadores por sala de exhibición, superó ampliamente, en su fin de semana de estreno, el de fuertes productos hollywoodenses como «Dr. Do-little 2» o «El cuerpo», con Antonio Banderas. Por eso, y también por la cantidad de festivales internacionales que le dieron cabida, un film italiano con un título tan lindo como «Prefiero el rumor del mar» es una invitación difícil de rechazar. Error.

Según el guión escrito también por el director Mimmo Calopresti, Luigi ( Silvio Orlando, uno de los actores favoritos de Nanni Moretti) es un exitoso hombre de negocios de Turín que, de paso por su pueblo natal en el sur de Italia, se apiada de Rosario, un taciturno adolescente cuya madre acaba de ser asesinada y cuyo padre está preso, como para conseguirle cobijo en el hogar que dirige un sacerdote amigo encarnado por el mismo Calopresti. Las virtudes de Rosario permiten a Luigi suponerlo un buen ejemplo para Matteo, su propio hijo descarriado.

Mientras fuerza la improbable amistad entre ambos muchachos -que arranca con el virtuoso Rosario leyéndole a Matteo fragmentos de «Corazón» de Edmundo de Amicis-, Luigi se debate entre la relación adúltera con una empleada (su extraño matrimonio es de las pocas cosas que el guión no explica), y los chanchullos que le endilgó su millonario suegro.

Maniqueísmo

Más allá de las actuaciones estereotipadas, los tiempos muertos y un estilo de relato tan monocorde como anacrónico (no clásico), el problema de la película de Calopresti es su no-table maniqueísmo. Cada escena, cada diálogo están allí para decir verdades tales como: las grandes ciudades corrompen las inocentes almas provincianas, la ambición personal lleva irremediablemente a que los padres pierdan de vista el rumbo de los hijos, el dinero sólo trae desdichas, la posibilidad de cambio puede llegar de la manera más inesperada, etc. Hoy ya ni las telenovelas se atreven a tanto.

Para ilustrar al respecto, véase nomás esa noche de fin de año en que el amargado chico rico huye de una fiesta donde se fuma marihuana para espiar tristemente por una ventana la humilde celebración de su amigo pobre. Esto sucede hacia el final, pero toda la película es así.

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