Actuación del Septeto Matamoros. Con Emilio Matamoros (percusión, dir. gral.), Rubén Matamoros (tumbadoras), Raúl Pérez (bongoes), Damián Romero (guitarra), Alexander Cosme (requinto), Yoedis O'Connor (contrabajo, dir. musical), Ulises Ladron (trompeta) y Genaro Camacho (voz, percusión). (La Trastienda, 15 de agosto; repite 22 y 29/8).
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El Septeto Matamoros no es en realidad un septeto. La formación que llegó a Buenos Aires por primera vez incluye a ocho personas. Es que en realidad, lo de «septeto» hace referencia -algo así como ocurre con el «cuarteto» cordobés-a un estilo musical, como también sucede con el «trío» y con el «cuarteto» cubanos. Dos de los integrantes de este grupo llevan un apellido ilustre para la música de su país: Rubén Matamoros es el responsable de las tumbadoras y Emilio Matamoros, que además toca algunos accesorios de percusión, es su director general.
A partir de esa herencia, entonces -ambos son bisnietos del legendario Miguel Matamoros- decidieron hace cinco años volver sobre la tradición musical cubana, la del son oriental. Si se compara con sus discos -ya llevan cinco álbumes grabados aunque en Argentina sólo acaba de editarse el segundo, «Nuestra herencia»-, lo que se vio en su debut de La Trastienda fue una muestra algo deslucida. Porque el sonido no las tuvo todas consigo y porque el público, en un día jueves y en horario muy avanzado -el concierto comenzó bien pasadas las 23-, no terminó de engancharse con el baile que se proponía desde el escenario.
El repertorio propuso un repaso de clásicos de la tradición cubana, algunos muy conocidos aquí, de los tiempos del bisabuelo Matamoros -y de su propia inspiración-o, más recientemente, en las versiones de los integrantes del grupo de Buena Vista Social Club.
Así pasaron «Son de la Loma», «Lágrimas negras», «Hueso Na Má», «La mujer de Antonio», «Pelota», «Mari Juana», «El que siembra su maíz», «La cocainómana», «El paralítico», etc. Tienen sus puntos fuertes en la base armónica del contrabajo de Yoedis O'Connor, en la guitarra y el requinto de Damián Romero y Alexander Cosme, en la brillante trompeta del muy joven Ulises Ladron «Musiquito» y en la voz de Genaro Camacho.
El Septeto hace un cierto culto a la desprolijidad y al espontaneísmo. No estaría mal si eso sirviera para hacer menos formal la presentación y levantar al público de sus mesas. Pero, con una concurrencia no tan joven y un horario avanzado para día de semana, sólo unos pocos se animaron a moverse al ritmo de los sones de Santiago de Cuba.
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