Un ejemplo
extremo del
bioarte: Steven
Kurtz, bioartista
y profesor de la
Universidad de
Nueva York, fue
procesado por
sacar
ilegalmente de
su laboratorio y
transportar
cultivos de
bacterias
letales.
Washington - Desde las cuevas de Altamira, el arte siempre se ha inspirado en la naturaleza, ya sea para representarla o sublimarla. Lo revolucionario -y polémico- del movimiento emergente conocido como bioarte, vinculado a los avances de la biotecnología y la medicina, es que el artista puede llegar a crear o manipular vida para realizar su obra. Muchos de los modernos bioartistas, con eco cada vez mayor en Estados Unidos, Europa y Australia, son una simbiosis de científicos y artistas que, con frecuencia, trabajan asociados a universidades y centros de investigación.
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Los taumaturgos del bioarte no necesitan mármol, telas o pintura para verter su sensibilidad y talento. Tampoco recurren a los objetos cotidianos o de la cultura industrial, como hizo el arte pop, ni precisan de exploración artística del conocimiento científico y de las tecnologías biológicas en particular. Está ubicado en la Escuela de Anatomía Humana y Biología. En su página de internet ponen énfasis en que el rápido desarrollo de las ciencias biológicas está teniendo un efecto muy profundo en la sociedad y sus valores. Por ello contemplan el bioarte como un instrumento muy útil de reflexión crítica y de interacción entre arte, sociedad, ciencia e industria. Ruth West subraya la trascendencia cívica del bioarte. «Es muy importante e imperativo que lo hagamos», afirma. «No es una frivolidad, aunque el movimiento está en su infancia. Es importante porque necesitamos el diálogo entre los distintos sectores de nuestra sociedad, entre la investigación científica y el arte; necesitamos esta conversación porque nos ayudará a resolver problemas mayores. Por eso trabajo en la aproximación artística a cuestiones científicas».
Al igual que las ciencias y tecnologías en las que se inspira, el bioarte lleva aparejado multitud de dilemas éticos de difícil solución. Su potencial transgresor es mucho mayor y los prodigios digitales o de la cibernética. Sus talleres de creación suelen ser laboratorios. Usan bacterias, genes, plantas transgénicas, animales e insectos como experiencia estética. La vida real como medio de expresión de sí misma.
Así como los pintores impresionistas se vieron influidos por los progresos de la óptica, toda una generación de artistas contemporáneos aprovecha las inmensas posibilidades que les dan las herramientas de la biotecnología. Hunter O Reilly, una creadora en la Universidad de Wisconsin, ha utilizado los virus letales del sida y del ébola para crear cuadros. Ruth West, una artista integrada en un laboratorio de investigación de ciencia neurológica en la Universidad de California-San Diego, ha realizado una instalación interactiva en la que el público, al moverse, aprende a comparar las similitudes y diferencias entre los genes humanos y los de la planta del arroz.
Numerosas universidades promueven el bioarte como una faceta paralela y complementaria a su investigación y docencia. Lo hacen, por ejemplo, la prestigiosa Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, o el mítico Massachusetts Institute of Technology (MIT), donde ha trabajado durante años, como investigador asociado y sin remuneración Joe Davis, uno de los pioneros de esta corriente artística en EE.UU. En la Universidad de Australia Occidental, en Nedlands, existe el SymbioticA, el primer laboratorio creado a nivel mundial para la más peligroso que el del arte convencional.
En Estados Unidos ha dado mucho que hablar el caso del bioartista y profesor de la Universidad Estatal de Nueva York Steven Kurtz, procesado bajo la acusación de haber sacado ilegalmente de su laboratorio y transportado cultivos de bacterias. Su esposa, Hope, falleció de repente en mayo del año pasado mientras trabajaban en su casa. Ambos cofundaron el Critical Art Ensemble. La policía se alarmó al descubrir el sofisticado material que manipulaban en su domicilio. El FBI decidió aplicar una ley antiterrorista sobre armas biológicas. Aunque luego se demostró que Hope había sufrido un simple ataque de corazón, Kurtz será juzgado y podrían condenarlo a 20 años de cárcel. El Critical Art Ensemble es un grupo de artistas-activistas críticos con aspectos de la biotecnología. Han protagonizado peculiares acciones de sabotaje contra compañías biotecnológicas. En una ocasión inundaron de extrañas moscas mutadas las oficinas y restaurantes próximos a una de estas empresas. Otro proyecto fue colocar ratas para que destruyeran un campo experimental de plantas transgénicas.
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