"Duplex Modelo" de Hernán Salamanco, una de las obras de la colectiva a la que tematiza el fuego, y que contrasta con el frío estilo high tech de la sala.
Con las muestras colectivas «Onírico y privado. La no consecución de la armonía», y «Getting over», una videoinstalación de Andrea Juan, el Espacio Fundación Telefónica logró insertarse este año en la agenda porteña. El Espacio cobró vida cuando su directora, Corinne Abadi, invitó a la curadora y galerista Florencia Braga Menéndez, que llegó con su impetuoso discurso acompañada por los artistas Elba Bairon, Martín Giménez Larralde, Max Gómez Canle, María Guerrieri, Cristina Schiavi,Andrés Sobrino, Déborah Pruden, Fabiana Imola y, entre otros, Rob Verf.
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La inmensa sala de exhibiciones con su helado estilo high tech se encendió de repente con las guirnaldas y mareas de Manuel Amestoy, el «Duplex Modelo» de Hernán Salamanco invadido por el fuego, la belleza reluciente de los objetos de Lucio Dorr, las cristalinas armonías de Valeria Maculán, los vibrantes dibujos al lápiz sobre la pared de Juan Tessi, las diminutas historias de Sandro Pereira, los restallantes colores de Iván Calmet y las enruladas formas de Jorge Gumier Maier, entre otras obras unidas en ocasiones por líneas o manchas de color que se desplazan por las paredes.
A pesar de la diversidad de las propuestas, la muestra puede ser vista como un único y colorido paisaje, pues lo que predomina es la unidad del conjunto. En este sentido, la exhibición se percibe casi como una instalación de Braga Menéndez, que a partir de la selección de obras y artistas, rompe con la asepsia dominante en la labor curatorial e imprime su propio estilo. Fenómeno acaso acentuado por la falta de carteles indicativos de los nombres de las obras y los artistas. Consultada sobre los límites de su intervención, Braga Menéndez señaló que «aunque tarde, ya colocaron los carteles», y agregó: «No sé si esta muestra es mi 'obra' en el sentido tradicional. Pero creo que la curaduría es como la dirección orquestal, demanda calidad poética y talento, y cada interpretación, si es buena, es personal, reconocible, y tiene la marca del sujeto. Tiende a la invisibilidad pero no es invisible. Por esto disfruto mucho con mi trabajo, aunque a algunos les irrite la idea de imponer un estilo».
Si bien la muestra es fruto de la impronta de la curadora, el encanto de la exhibición -para algunosconsiste en que se acerca al viejo criterio de las viejas «bellas artes», tan olvidadas sobre todo en los circuitos internacionales. Desde que el arte comenzó a incursionar en el territorio de los reality shows, el periodismo, la antropología, la sociología y la política, confundiéndose a veces con las tragedias de la vida, la Argentina se convirtió en una reserva de viejos valores como la belleza, la sensibilidad, la fantasía y la imaginación.
Tachada de «arte light» por la crítica local, la producción de los años noventa que prosperó amparada por Gumier Maier, es el principal antecedente de esta muestra, y está representada en la triste alegría de las obras de Marcelo Pombo.
Entretanto, los espectadores de las sociedades saciadas del Norte han comenzado a cansarse de las derivaciones del conceptualismo y de las emociones fuertes, de las obras con aportes tecnológicos prodigiosos, con tamaños colosales, y de una estética transgresora destinada a sacudir la indiferencia y el hartazgo. Un ejemplo del agotamiento que produce este «estilo», se evidencia en las críticas que en los medios especializados de casi todo el mundo, recibieron las últimas Documenta y la Bienal de Venecia, al igual que los jóvenes británicos que ganaron fama con la muestra «Sensation», promovidos por el publicista y coleccionista Charles Saatchi. «Trangresión + cobertura de medios = dinero a montones », destaca en un titular la revista «Art Newspaper» al evaluar los precios elevados de Chris Orfila, Mauricio Cattelan y los «terribles» hermanos Chapman.
Hasta en la España hasta ayer deslumbrada por los espectáculos marketineros, comenzaron a sonar las voces airadas cuando los Chapman cometieron la «gamberrada» de dibujar payasos y monigotes sobre unos grabados originales de Goya, pertenecientes a la sagrada serie los « Desastres de la guerra». Y cuando a fines de mayo el fuego arrasó con parte de la colección Saatchi y se destruyeron obras valuadas en varios millones de dólares de Tracey Emin, Damien Hirst, Sarah Lucas y entre otros, Martin Maloney, no faltó quien le restara importancia. «Sólo es arte,» dijo Dinos Chapman, uno de los perjudicados por el incendio.
Los espectadores experimentan cierta perplejidad ante el «todo vale» y las transformaciones vertiginosas de la obra de arte, como la que en estos días protagoniza el español Santiago Sierra. Para su exhibición en la Sala de Arte Público Siqueiros de México, el artista contrató un tragafuegos que pintó sus telas blancas con nafta encendida. Cabe aclarar que un video documenta la «acción», y que las telas quemadas por el tragafuegos callejero -que se gana la vida realizando su espectáculo ante los automovilistas, cuando los detiene el semáforo-, se venden en varios miles de dólares. Como siempre, luego de las anécdotas sobrevienen los interrogantes sobre qué es lo que se considera arte.
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