Las actuaciones son lo mejor de «El aliento», simpática e inteligente
(aunque algo estirada) parodia-homenaje a quienes
se obstinan en filmar sin medios y, de paso, a la sociedad
argentina.
«El aliento». Creación colectiva. Dir.: B. Cappa. Vest.: C. Rautenberg. (Teatro del Abasto.)
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Pocas empresas resultan más quijotescas que filmar una película. Dejando de lado las grandes producciones de Hollywood, el hecho de hacer cine ya es sinónimo de caos, riesgo económico y de toda clase de imponderables, especialmente a nivel humano. Coordinar distintos equipos de tareas en el menor tiempo posible para ahorrar costos, puede volver loco a cualquiera. Enfocado desde la escena, el tema adquiere múltiples resonancias, no sólo por los puntos en común que tiene con el teatro independiente sino también por sus inevitables alusiones a la sociedad argentina. «El aliento» homenajea y al mismo tiempo parodia la actividad cinematográfica -le toma el pelo a sus realizadores y también al público devoto- y en ese intento por recuperar el idealismo cinéfilo de otros tiempos trae a la memoria una serie de films que, en su momento, lograron reflejar con saludable ironía los problemas que trae aparejados esta manía de hacer películas. Entre ellos cabría citar a «El estado de las cosas» de Wim Wenders, «8 y medio» de Federico Fellini, «La noche americana» de François Truffaut y «La película del rey» de Carlos Sorín.
Risueña y melancólica, la puesta de Bernardo Cappa ha logrado una sostenida repercusión dentro del circuito off. Se trata de una creación colectiva a cargo de 14 intérpretes (una cifra absolutamente inusual para el teatro under) que protagonizan los típicos enredos de un modesto set de filmación.
El planteo es muy simple. Un director filma una película con actores rusos y argentinos en condiciones paupérrimas. Lo curioso es que el elenco eslavo habla en ruso durante toda la obra (en realidad, usan una fonética muy similar) generando malentendidos, peleas y todo tipo de fantasías. Rusia, después de todo, es sinónimo de grandes artistas ya sea en cine, teatro, danza, música o literatura. Y como ser ruso tiene su prestigio, el elenco argentino no sabe cómo comportarse con sus colegas extranjeros.
La histeria de una estrellita, la torpeza de dos asistentes o la megalomanía del director, que además, pone a trabajar de actriz a su propia madre, suman más obstáculos a la tarea. La realidad de esta filmación emerge en las pequeñas piezas de un rompecabezas que siempre está a punto de perder ilación. Esto también se refleja en la estructura de la obra, construida en base a escenas muy breves que apuestan a la acción pura y a preservar su condición aleatoria. A pesar de que este caos está valorizado dramáticamente, se percibe cierto estiramiento en el desarrollo de algunas situaciones. La base más firme de «El aliento» reside en las actuaciones, excelentes en su variado registro. Sirvan de ejemplo los rusos, la madre del director, el actor veterano y el remisero que quiere cobrar y termina actuando en la película. El clima de gran sugestión que domina la puesta invita a compartir recuerdos y utopías.
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