5 de febrero 2004 - 00:00

"Perdidos en Tokio"

Perdidos en Tokio
N i aceptar las reglas de Hollywood ni hacer su escarnio: en «Perdidos en Tokio», Sofia Coppola prueba un sendero intermedio para narrar la historia de una relación no consumada entre una veinteañera y un cincuentón norteamericanos, ambos casados e insatisfechos. Si la apertura es prometedora y chispeante, el desarrollo y desenlace son heterodoxos: nada de tensar la cuerda sentimental, nada de especular con el suspenso, nada de cumplir con el deseo del espectador, que tantas ganas tiene de que se vayan a la cama de una vez. Nada de nada. ¿Qué resulta de este desapasionado encuentro? Muy poco más que una moderna nada.

Después del buen cuarto de hora inicial, con la garantizada sabiduría de Bill Murray para la comedia (la escena del rodaje de un aviso de whisky es desopilante) y los ojos azules de Scarlett Johansson, a los que no le hacen falta sabiduría alguna para desatar pasiones, la película entra en un paulatino túnel de sopor al que, sólo ocasionalmente, despabila alguna buena línea de diálogo o una situación un poco más atractiva.

El resto acumula variantes o reiteraciones de lo que ya había quedado bosquejado desde el comienzo, como si a la joven directora y guionista le provocara cierta desazón llegar a los cien minutos de una película con destino de mediometraje. O, tal vez, ocurra que la idea de progresión dramática, y hasta el simple principio de identificación emocional, formen parte de los anatemas del cine independiente del que se ufana esta producción, mimada por una llamativa nominación cuádruple para los Oscar, que incluye la correspondiente a su errático guión (lo que habla menos de eclecticismo que de cierta esquizofrenia en los votantes, cuando el cuadro de honor también lo integra la lacrimógena «Alma de campeones»).

•Insatisfacción

En el film, Bob (Murray) es un actor famoso que está filmando una publicidad en Tokio por la que va a cobrar 2 millones de dólares (curiosamente, se queja por su destino ya que le gustaría, en cambio, estar haciendo buen teatro en algún pueblo estadounidense: ni se le ocurre imaginar la cantidad de O'Neills y Albees que puede producir con el dinero que gana en ése y otros avisos). Charlotte ( Johansson) es la muchacha abúlica que se arrepiente precozmente del casamiento que hizo con un papparazzo (Giovanni Ribisi), que la lleva con él a Tokio pero la abandona frecuentemente en el hotel porque debe cumplir con la tarea profesional por la que está allí (como si los enviados especiales de un medio de prensa viajaran con sus esposas, y luego éstas se quejaran de que ellos no las acompañan a hacer compras y turismo porque tienen que trabajar).

Charlotte
y Bob se conocen en el lobby. La atracción es recíproca pero distante, contenida. No tanto por ellos, quizá, como por esa obstinación en la mirada de la directora, que encuentra más motivos en asombrarse con la noche de Tokio que con la eventualidad de un enamoramiento inoportuno y culpable. Ambas cosas (Tokio y el amor) reconocen en este film, de esta forma, un punto en común: la mirada extranjera.

Herederos involuntarios de los personajes de «Lo que no fue» de David Lean, o de «Indiscreción de una esposa» de Vittorio De Sica, Charlotte y Bob terminan más agobiados por lo cotidiano de un viaje agotador que por los efectos de una pasión (término inhabitual en el nuevo cine) a la que no se atreven ni ellos ni el libro. Y, cuando hay un atisbo, tal vez ya sea demasiado tarde: no para los amantes en potencia, sino para el espectador. En los años '60, el tedio de un cine como el de Michelangelo Antonioni tenía aspiraciones filosóficas. El tedio del cine contemporáneo se ha liberado de ese lastre: ya no aspira más que a crear planos fotográficamente irreprochables.

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