Debe de haber pocas cosas más difíciles que explicar el fenómeno que se produce en nuestro país con Raphael. A primera vista, lo suyo no resiste el menor análisis estético, por muchas razones.
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A saber: ya prácticamente no canta, y melodías y textos se cortan sin que importe demasiado lo que entona o lo que dice. Exagera su actitud de divo -en el segundo concierto hizo parar el espectáculo para arreglar un problema de sonido, ridiculizando a sus compañeros y ganándose, en consecuencia, el aplauso de su público.
Sus mohines sobreactuados, sus gestos artificiosos y caricaturescos, su pose de niño que ya no es están cada vez más cerca de lo clownesco. Su propuesta musical es antigua aún para la música más rabiosamente comercial. El sonido se ha quedado en el pasado con arreglos que mueven a la risa.
Está cada vez más autorreferente. Hasta ha perdido la potencia y la prolijidad vocal que fueran sus mayores virtudes, y ahora se muestra como alguien que se niega al paso del tiempo y esfuerza su garganta hasta la desafinación. Pero, fuera de todas estas consideraciones, Raphael se da el gusto de mantener una convocatoria que alegra a su empresario y desconcierta al resto.
Ya son siete las funciones programadas en el teatro Avenida, todas a pleno. Y no faltan las fanáticas -que lo ovacionan de manera similar a lo que ocurre con Sandro-que compraron entradas para todos los shows, siempre lo más cerca posible del escenario. El «niño» les responde con su sonrisa congelada, con sus «gallos» en el agudo, con sus canciones de escaso contenido poético y musical, con sus viejos clásicos («Yo soy aquel», «Mi gran noche», «Digan lo que digan», etc.), y con un espectáculo que dura muchísimo, como para que nadie se quede con las ganas.
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