14 de enero 1999 - 00:00
"POR SIEMPRE CENICIENTA "
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mancha más, uno de los temas musicales, que se escucha tres veces, resulta curiosamente parecido al tema principal de «Ca-mila»).
El enfoque era interesante: una nueva versión de «La Cenicienta», donde la muchachita no sólo limpia, cosecha, va al mercado y les da de comer a los chanchos, sino que también sabe pelear a espadas y trompadas, defiende a pobres y menores, propone cambios sociales, y cita adecuadamente a Tomas Moro. Si está en peligro, se salva sola, y recién después llega el príncipe, que es un pelmazo, a rescatarla. Tampoco la ayuda ningún hada madrina, sino un representante de las artes, las ciencias y el progreso, el viejo Leonardo Da Vinci, que casualmente anda por ahí con su cuadrito de la Mona Lisa.
Algo más. La que relata la historia es una tataranieta de la Cenicienta, fastidiada por las versiones de Perrault y de los Grimm, a quienes reprocha haber convertido un ejemplo de «selfmade woman» en un «mero cuento de hadas». Como se advierte, la cosa daba para una buena comedia revisionista. Además, el elenco, los vestuarios y las locaciones en castillos franceses también suman puntos, particularmente con Anjelica Huston (la madrastra) y Megan Dodds (la hermanastra), e incluso aparece Jeanne Moreau (la reina de Francia, nada menos), como para ganarse un dinerillo y divertirse con ojos claros.
Pero, ay, sin una buena mano para dirigirlo, al conjunto le falta ritmo, gracia, frescura. No engancha a las niñas, ni a sus madres. Se estira innecesariamente. Y por si eso fuera poco, hasta tiene defectos y desprolijidades imperdonables en cualquier película profesional (véase, si se anima, la escena donde Cenicienta descubre que las brujas se metieron con su ropa).



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