Prejuicios sobre Freud

Espectáculos

«Martha Freud. Una compañera irremplazable» de Gérard Badou. Editorial El Ateneo. Buenos Aires, 2007. 254 págs.

¿Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer? No en el caso de Sigmund Freud. Y si la hubo no parece haber sido su esposa Martha, a quien todos los biógrafos describen como un ama de casa ejemplar (obsesiva con la puntualidad y la limpieza) y siempre dispuesta a liberar a su marido de cualquier contratiempo doméstico.

En más de 50 años de matrimonio, Martha aseguró la paz del hogar y se ocupó de sus seis hijos, sin una queja. Fue extraordinariamente permisiva con su marido, eterno viajero, que cada verano gustaba vacacionar en algún lugar de Europa en compañía de algún amigo, colega, o de su cuñada Minna. Esta era cuatro años menor que su hermana Martha, pero la superaba en madurez, inteligencia y estudios. El autor de la «Interpretación de los sueños» conversaba con ella sobre sus lecturas y también jugaba al ajedrez. Se sospecha que fueron amantes, pero no existen suficientes pruebas.

Este y otros enigmas de la vida de Freud (su ambigua y apasionada relación con su discípulo Wilhelm Fliess; sus experimentos con cocaína, el supuesto lesbianismo de su hija Anna, etc.) recién podrán develarse después del año 2113, cuando la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos abra los archivos que tiene en custodia desde 1950. ¿Qué terribles secretos puede contener esa masa de escritos que la Asociación Freudiana atesora con ridícula devoción?

Toda la correspondencia que se conoce ha sido mutilada y distorsionada hasta casi perder significación para los especialistas e investigadores, tal como lo demuestra la anodina selección de cartas que incluye este volumen. Todas las biografías, y ésta no es la excepción, señalan la valiosa contribución de la señora Freud al desarrollo del psicoanálisis por la simple razón de haber provisto a su fundador de una tranquila vida familiar. Pero, el intelecto de Freud volaba a grandes alturas y la pudorosa Martha siempre se mantuvo al margen de sus audaces teorías («debo confesar que si no supiera con cuánta seriedad trabaja mi marido, creería que el psicoanálisis es una forma de pornografía», declaró cierta vez). Gérard Badou, redactor en jefe de L'Express y autor de varias obras de divulgación científica, asume la defensa de Martha de la manera más prejuiciosa. Es decir, especulando sobre las falencias y defectos de Freud en base a rumores, como si se tratara de una estrella de cine y no de alguien que revolucionó la noción de sexualidad en Occidente. El propio Freud ya se había ocupado de advertir a sus futuros biógrafos: «Mi vida es interesante solo si se la relaciona al psicoanálisis».

Aquí se lo presenta como un genio egoísta, vanidoso y lleno de ambición, que si bien valoró intelectualmente a varias mujeres (Lou Andreas Salomé, Marie Bonaparte) ignoró a la propia, quizás por considerarla demasiado «normal». La única anécdota que le hace justicia, en cuanto a su proverbial sentido del humor, es aquella en la que, ya a punto de exilarse en Londres, Freud es invitado a reconocer por escrito el buen trato recibido por parte de las autoridades alemanas. El acepta pero concluye su testimonio con una ironía suprema: «Puedo recomendar cordialmente la Gestapo a todos».

Patricia Espinosa

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