24 de septiembre 2003 - 00:00
Recuerdos que fueron muy cuidadosamente filtrados
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Hillary, en su preocupación por ganarsela confianza del lector, es capaz de blanquear la existencia de algunos parientes impresentables (abuela desalmada, tío suicida, etcétera) y de confesar secretos tan candorosos como éste: «envuelvo hasta los pedacitos más pequeños de queso que sobran y me siento culpable cuando tiro algo.» En cambio, sus comentarios en torno al caso Lewinsky parecen filtrados por un gran equipo de asesores. Eso es al menos lo que se percibe ante tanta invocación a la fe cristiana y a la importancia del perdón. La actual senadora por Nueva York quiere demostrarle a sus detractores que también es una mujer sensible: cuando se enteró que su marido le había mentido tuvo ganas de «retorcerle el pescuezo». Puesta a contar intimidades confiesa que «el perro de la familia era el único que todavía tenía ganas de estar con él»), pero en un astuto giro melodramático agrega: «aún no había decidido si quería luchar por mi marido y por mi matrimonio,pero estaba decididaa luchar por mi presidente.» Su fervoroso alegato contra el impeachment al que iban a someter a Clinton por perjurio y obstrucción de la justicia, deja en claro su alineación política; pero su vida matrimonial sigue siendo un misterio. Ambos siguen casados, es cierto, pero nadie sabe si tal alianza conserva algún resto de intimidad conyugal. Esta es la típica biografía de campaña en la que se confiesa mucho, pero se revela muy poco. Aún así, son muy simpáticos los pasajes en los que Hillary confiesa sus denodados esfuerzos por estar a la altura de sus dos admiradas predecesoras: Eleanor Roosevelt y Jacqueline Kennedy. Al igual que ellas padeció en carne propia el rudo choque entre función pública y vida privada.
Patricia Espinosa




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