2 de agosto 2007 - 00:00

Resnais sonríe y hace reír (aunque sea con tristeza)

Alain Resnais compartió con Bergman y Antonioni (fallecidos esta semana) lainclinación a investigar en el alma humana; a los 85 años, hoy hace sonreír conlo mismo en films como «Conozco la canción» y, ahora, «Corazones».
Alain Resnais compartió con Bergman y Antonioni (fallecidos esta semana) la inclinación a investigar en el alma humana; a los 85 años, hoy hace sonreír con lo mismo en films como «Conozco la canción» y, ahora, «Corazones».
«Corazones» (Coeurs, Francia, 2006, habl. en francés). Dir.: A. Resnais. Guión: J.M. Ribes, sobre pieza de A. Aykbourn. Int.: P. Arditi, S. Azéma, A. Dussollier, I. Carré, L. Morante, C. Rich, L. Wilson.

Quisieron la casualidad, el destino, o la simple ironía de las carteleras, que esta película del veterano Alain Resnais, que ya pasa los 85 años, se estrene justo esta semana, sensibilizada por las muertes de Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Los tres tenían en común el mismo tiempo histórico, la inclinación a investigar en los meandros del alma humana, la autoexigencia de ir por caminos propios, abriendo de paso nuevos caminos y visiones más maduras para el cine universal, un enorme talento, y las ganas de seguir trabajando aún a la edad del retiro. Entre las diferencias, se destaca una: a la vejez, Resnais sonríe y hace sonreír, algo que parecía impensable cuando era joven.

Así lo evidenciaron las deliciosas «Conozco la canción» y «Pas sur la bouche» (aquí exhibida sólo en el Bafici), y lo evidencia también «Corazones», aunque en este caso la intención es provocarnos una sonrisa triste. No un rictus, sino una de esas sonrisas que endulzan las lágrimas en la oscuridad de cualquier cine, y en las pesadumbres mismas de cualquier persona. Sonrisas que el artista nos provoca con elegancia y ternura, en asuntos con que la vida real nos provocaría más bien desgarros y amargura.

La historia se centra en cuatro días de alguna gente que se siente sola en compañía de otros. Por ejemplo, el barman solitario que cuida al padre enfermo y agresivo, el agente inmobiliario que vive con su hermana mucho menor, cada uno con la esperanza de encontrar alguien fuera de casa, un amor al que nunca se animan, la mujer que sobrelleva un hombre en decadencia, etc. Entre algunos de ellos, otra persona. Y ellos mismos, cruzándose y acaso cambiando el destino de otros sin saberlo. Y entre cada secuencia, la nieve que cae, diciendo lo suyo en silencio absoluto.

Todo está mostrado con gran altura, y con esa referida sonrisa triste y elegante que emociona. Además, en un Paris siempre lindo (si vamos a sufrir un poco, que sea en un lugar bonito), en unos escenarios de estudio que nos escudan tras su belleza y artificio, y a través de unos actores magníficos que recitan melodiosamente, y que ya integran desde hace tiempo lo que algunos llaman La Comédie Resnais: la siempre intensa, carnal, a veces maternal Sabine Azéma, Pierre Arditi, cuyo rostro aún deja adivinar el niño que alguna vez fue, y André Dussollier, de expresión dolida en el fondo de sus ojos burlones. Junto a ellos, Laura Morante, Isabel Carré, muy buenas, Lambert Wilson, algunos otros que sólo aparecen por televisión, y Claude Rich, del que solo se escucha la voz, como aquella viejita cargosa de «Darse cuenta» insistiendo a la hija, que está en otra pieza, «Preguntale al doctor de qué estoy enferma» (la hija era China Zorrilla, ¡cómo pasa el tiempo!).

En común con Bergman y Antonioni, Resnais ha tenido también el gusto de disfrutar intérpretes idóneos. No sólo unos actores exactos, para siempre ligados a sus obras, sino además esos intérpretes tan necesarios de todo cineasta, que son el director de fotografía, el montajista, el productor. Y, como sus dos colegas, también tuvo problemas de dinero.

La verdad, «Corazones», basada en la pieza «Private Fears in Public Places», de su amigo Alan Ayckbourn, era una segunda opción. El quería filmar la ópera bufa «El zar se deja fotografiar», de K. Weill y G. Kaiser (1927), pero, después de «Conozco la canción» y «Pas sur la bouche», basada en la opereta de A. Barde y M. Yvain (1925), nadie quiso financiarle otra película con letras de canciones viejas. Igual se las ingenia. Los viejos saben por viejos, pero más saben por zorros.

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