14 de julio 2008 - 00:00
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La figura masculina «La edad de bronce
», que Rodin realizó luego de un viaje
a Florencia bajo la influencia de Miguel
Angel, está a la entrada de la exposición.
Las puertas del Museo Decorativo están colmadas por miles de visitantes. Desde las escalinatas de ingreso se divisa una escultura perfecta, la figura masculina «La edad de bronce», realizada luego de un viaje a Florencia bajo la influencia de Miguel Angel.
Capaz de transmitir con la mayor elocuencia el poder expresivo del cuerpo, y de bucear en las profundidades psicológicas, Rodin comenzó a cambiar a fines del siglo XIX el concepto clásico de la escultura, se convirtió en el artífice de una revolución que transformó el canon escultórico.
En un encuentro con el director del Museo Soumaya, Alfonso Miranda, el presidente del Museo Ponce, Agustín Arteaga (que tuvo a su cargo la dirección del Malba), Roberto Slim, representante de la Fundación Carlos Slim, Adriana Vaccaro, directora de Telmex y precursora del envío, y Alberto Bellucci del Museo Decorativo, se habló de cada una de las obras y de la extraña vigencia de Rodin, artista atemporal y universal.
El mexicano Miranda invitó a observar las obras de Rodin con los ojos de un americano, a no dejarse intimidar por su procedencia europea y a valorar la lección que dejó sobre la libertad expresiva; así se acercó finalmente al concepto de Borges, cuando el ensayo «El escritor argentino y la tradición», dice: «Creo que los argentinos, los sudamericanos en general (...) podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas».
Miranda agregó que el buen arte favorece nuevas formas de convivencia humana ya que «despierta la sensibilidad y permite ver al otro, y así se abren vías de comunicación hacia universos que se van engarzando unos con otros». Artega llamó la atención sobre las exigencias que imponía Rodin a sus modelos, a quienes hacía posar en posiciones forzadas y de extrema tensión, para lograr la máxima expresividad del cuerpo.
Un buen ejemplo es el «Estudio de movimiento de danza», un bronce que muestra la contorsión de una figura masculina que se afirma sobre un pie mientras el torso y los brazos se estiran hasta asir el otro pie por detrás de la cabeza en una actitud casi imposible.
El poeta Rainer María Rilke, que fue secretario de Rodin en 1902, contó que el escultor contrataba modelos que circulaban desnudos por el taller, y observó que en vez de hacerlos posar les pedía que adoptaran posturas comunes, como agacharse, abrirse de piernas, asearse o colocarse en actitudes íntimas. Rilke agregó que «sin perder de vista el modelo y dejándose llevar por su mano rápida y experimentada, dibujaba infinidad de gestos nunca vistos, (...) y de ellos emanaban unas fuerzas expresivas inmensas».
Esta ductilidad de los cuerpos voluptuosos y la plasticidad que buscaba el artista es otro regalo para el espectador: un poderoso estímulo visual.
Uno de los desafíos que asumió Rodin fue transmitir la sensación de movimiento, y para lograrlo se inspiró en la danza moderna, como la de Nijinsky, con quien compartió la atracción por el erotismo.
En suma, no hay reglas ni consejos del todo valederos para disfrutar de una experiencia estética, hay gente que visita los museos y suele permanecer indiferente. Sin embargo, esta vez, desde el esplendor de Rodin, hasta el fin de la muestra, con «La ola» y ese «Gran vals» a la vez excitante y melancólico de Camille Claudel, las obras facilitan el mágico encuentro con el arte y la belleza.


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