Carlos Casella y Anita Alvarez de Toledo se propusieron
revivir el espíritu del Festival de San Remo, pero los resultados
muestran un proyecto semiterminado.
«Amor prohibido». Actuación de Carlos Casella y Anita Alvarez de Toledo. Con Rano Sarbach (guitarra), Mauricio Mayer (piano) y Juan Pablo Cibils (percusión). (Hotel Faena.)
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El nuevo espectáculo de Carlos Casella y Anita Alvarez de Toledo, como parte de las tareas del Laboratorio de Experimentación Artística, que han bautizado «Amor prohibido», conlleva una buena idea: la de armar un desarrollo teatral, con una cierta continuidad dramática, apelando a herramientas escénicas -además de musicales-, a partir de una serie de canciones románticas muy populares de los años '60 y '70.
Los resultados, en cambio, muestran un proyecto semiterminado, como si no hubieran logrado plasmar del todo el plan original. Casella es uno de los directores de El Descueve; Alvarez de Toledo ha instalado su nombre como coro en discos y shows de Fito Páez, Charly García y Plastilina Mosh, entre otros. Pero ni estos antecedentes, ni el guión de Costanza Novik, ni el vestuario de Pablo Ramírez, ni la puesta de Rodolfo Prante y Silvia Giusto, fueron suficientes para redondear una propuesta sólida con este «Amor prohibido». El repertorio se armó con temas emblemáticos de los tiempos de apogeo del Festival de San Remo. Y en esa mezcla de melodías muy conocidas, desfilan piezas como «No me vuelvo a enamorar», «Maldita primavera», «Cartas amarillas», «Cóncavo y convexo», «Rata de dos patas», «Querida», «Déjame y vete ya», «Amor prohibido» o «Vagabundo».
Es clara la evocación a los artistas italianos o a nombres como Roberto Carlos o Nino Bravo. Los problemas, entonces, no están en el listado de canciones, ni en las muy buenas interpretaciones vocales de Alvarez de Toledo -lo de Casella, como cantante, es más pobre-. Los músicos no muestran especial originalidad en los acompañamientos -apenas los acordes y los pies rítmicos, como en una reunión de amigos-. Y la emoción dramática, aun cuando se vuelca pretendidamente hacia el humor, queda a mitad de camino por la falta de un buen trabajo teatral, por la superficialidad con que se aborda el repertorio, por el erotismo prefabricado, por una idea que carece de una puesta a punto final.
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