«La cena» (íd., Italia, 1998; habl. en italiano).Dir. y guión: Ettore Scola. Int.: V. Gassman, G. Giannini, F. Ardant, S.Sandrelli, E. Pagni y otros.
Por disposición del azar, las dos películasmás importantes que se estrenan hoy en Buenos Aires reflejan las actitudes másopuestas que puede tener una persona cuando está por atravesar la barrera delos setenta años: si Clint Eastwood necesita viajar al espacio adesactivar misiles nucleares, Ettore Scola, incurablemente meridional yposiblemente más sabio (él y todos sus maravillosos personajes), prefieresentarse a comer, a beber el buen vino del paese y a conversar.
Aunque hay una excepción. Uno de sus comensales, el profesor demetafísica que compone Giancarlo Giannini, es el único que tiene alguna afinidad con el espíritu delastronauta: Giannini no viaja en una nave espacial pero
Enambos casos, la misión que les toca es desactivar el peligro a tiempo, y elitaliano -que no tiene efectos especiales, ni los necesita-corre con la ventaja de que la sabiduríapuede más que la técnica, y tardará así mucho menos que el astronauta en lograr que las cosas vuelvan a suorden. Al momento del café, su compañero de mesa ya es Vittorio Gassman, que está despidiéndose -en todosentido-de esa noche suave, melancólica y templada, que
Elrestorán donde Scola reúne a sus personajes se llama Arturo al Portico,es inconfundiblemente romano y, como tal, elegante y descuidado al mismo tiempo, íntimo, acogedor. Y muchomás cuando a su frente está la impar Fanny Ardant, lejana ya de los resplandores de sus años Truffautpero luciendo una madurez espléndida, y no menos sabia.
«¡Siusted tuviera 30 años más!», exclama Gassman apenas la ve,con esa galantería narcisista que fue su marca hasta el último día. Porque, aunque ella no lo advierta, no le dice «Siyo tuviera 30 años menos»: él tiene la edad justa para el amor; la que está en falta es ella, que llegó tan tarde.En su último papel para el cine (y «La cena» es melancólica no sólo poreso), Scola le reserva al «mattatore» el lugar del oráculo.Provinciano y -como él mismo definió- «rompecoglioni», pero oráculo al fin.
Gassman solitario, contemplador,insinuante. La aventura, para él, es sólo especulativa, nunca práctica: el mozole pregunta, apenas llega, si comerá el arroz de siempre. El se niega, con todadeterminación, pero al cabo de un erudito paseo por otras posibilidades demenú, sobrevienen la frase y el gesto tan gassmaniano de la mano derecha amedia altura, trazando un tirabuzón con los dedos: «El arroz de siempre». Escon esa actitud que recibe a Giannini a su mesa, libres, pacificados,divirtiéndose a su manera de sus propios ridículos.
Para su nuevo film coral, Scola adhiere aesa actitud. El tono medio y zumbón de «La cena» no tiene ni la acidezpolítica de «La terraza» ni la estilización de «El baile» y nisiquiera algunos de los sobresaltos de «La familia». Sus explosiones,como la de la estupenda Stefania Sandrelli ante la imprevista confesiónde su hija sobre el sentido que le quiere dar a su vida, aparecen asordinadaspor la permanente pátina de melancolía romana, condición que la pone alresguardo del peligro de lo plañidero, y también de lo representativo o«simbólico».
Los personajes de los más jóvenes no son los menoslogrados, aunque sí los tratados con menos piedad. Oscilan entre ladesprotección y el grotesco, sin marcas que los rediman o que los condenen, yno se diferencian demasiado de esos turistas japoneses que también ocupan unamesa y que se fascinan con los colores de las salsas. En definitiva, ellostienen sus propios directores para contar sus propias historias. No es éste elcaso.
La mirada de Scola, de 68 años cuando filmóesta película, tiene otras debilidades, otras afinidades que no tienen que verni con el apuro, ni con la tecnología ni con la indiferenciación estética osexual de fin de siglo. Y es gracias a esas afinidades que Gassman pudodespedirse del cine en una buena mesa, rodeado de amigos, con esa alegría en elrostro.



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