19 de agosto 2002 - 00:00

Se afianza lugar de Lisa en la historia del vanguardismo

Se afianza lugar de Lisa en la historia del vanguardismo
"Podríamos pensar la historia del arte argentino como un naufragio permanente, y la reciente tendencia a examinar un pasado casi inexplorado, como una posterior expedición submarina para rescatar tesoros". Con estas palabras, el artista Nicolás Guagnini presenta la muestra que exhibe en estos días la galería Ruth Benzacar, «Esteban Lisa, de Arturo al Di Tella», período especialmente interesante que va desde la publicación de la revista «Arturo» en 1944 hasta la inauguración del Di Tella en 1963.

Desde que al finalizar el siglo las obras de América y Oriente comenzaron a cotejarse con las de Europa, ya no se escribe tan sólo la historia de los triunfadores. De hecho, en este caso, el protagonismo otorgado a las obras de Lisa (1895-1983), pintor español radicado en Buenos Aires que permaneció hasta hace pocos más de una década en el olvido, habla a las claras de una subversión de las jerarquías que regían hasta ayer. Sus trabajos se exhiben junto a las de varios de los máximos exponentes de la abstracción en la Argentina, como Carmelo Arden Quin, León Ferrari, Alberto Greco, Kenneth Kemble, Raúl Lozza, Juán Melé, Rogelio Polesello, Josefina Robirosa, Rubén Santantonín, Clorindo Testa y Luis Wells.

La selección y la revisión histórica de Mario Gradowczyk apunta a insertar a Lisa entre los consagrados y, con este objetivo, desde que su obra fue descubierta, le brindó un firme soporte teórico y una visibilidad internacional que a duras penas disfrutan los excelentes artistas que lo acompañan en la muestra.

• Individual

En 1997 el galerista español Guillermo de Osma le dedicó una muestra individual, publicó un catálogo prologado por Juan Manuel Bonet, actual director del Museo Reina Sofía, expuso sus pequeñas pinturas en la Feria de ARCO de Madrid y las vendió en alrededor de 5.000 dólares. Ese mismo año los pequeños trabajos de Lisa se exhibían en la galería Palatina de Buenos Aires, en 1998 escalaban a la prestigiosa Hirshl & Adler Gallery de Nueva York, en 1999 al Museo Nacional de Bellas Artes y este año integraban la muestra «Arte Abstracto del Río de la Plata» (junto a Torres García) en la Americas Society de Nueva York.

La exposición reúne obras sabiamente elegidas, como una vertiginosa pintura de Robirosa y un trabajo de Lozza que se destaca por las variaciones impecables del color; Kemble muestra la génesis de la fragmentación, que Ferrari desarrollaría años más tarde, de sus futuros juegos con la escritura y Polesello de sus diseños geométricos. Podría cuestionarse la ausencia de Juan Del Prete, que en 1932 inaugura la abstracción en Argentina, la de Tomás Mald onado, que es la figura de mayor trascendencia internacional, o la de Alfredo Hlito. Pero no sería justo, pues no se trata del gran relato de la abstracción, sino por el contrario, de una nueva aproximación de Lisa a la historia del arte argentino, de la que se excluyó por propia elección.

Guagnini, artista conceptual y teórico, que exhibe en el subsuelo de la galería una obra que dialoga con la de los maestros abstractos Lozza y Arden Quin, bucea en la historia del arte argentino y analiza las ideas políticas de los abstractos.

Es que Guagnini reúne dos virtudes que poco comunes entre los artistas, a sus ideas por demás provocativas, agrega una formación intelectual que le posibilita formularlas; en alguna medida, él es al conceptualismo lo que Jorge Gumier Maier a la vertiente de las nuevas subjetividades.

Considerando que el juego es el factor determinante de la creación,
Guagnini presenta una mesa de billar con formato irregular que reproduce un trabajo de Lozza y está dispuesta para la partida. El plan-teo incluye apuestas. El artista juega con el espectador y si pierde, paga con dibujos que muestran la gestación de su obra. Por supuesto, altera el concepto tradicional de lo que debe ser una sala de exhibición y más que nada, el criterio de comercialización.

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