Jorge Edwards «La Casa de Dostoievsky» (Bs. As., Planeta, 2008, 329 págs).
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Relato político, novela Ramorosa, divertimento histórico, ironía sobre el afán de ser artista para llegar a fracasado, homenaje a la poesía chilena, crónica autobiográfica de la generación de los años 40 y 50 de la literatura chilena, periplo de aquellos que fueron los que no llegaron a estar en el boom de la literatura latinoamericana, y todo eso impulsado por un modo de narrar que lleva constantemente a seguir leyendo. Jorge Edwards, Premio Cervantes 1999, sostiene que a los 77 años está pasando por su «tercera o cuarta juventud» pero, habría que agregar, con toda la sabiduría de lo que ha vivido y de los amigos que ha tenido, datos que constantemente enriquecen «La Casa de Dostoievsky», novela con la que conquistó el Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008, dotado de 200 mil dólares.
Una juventud añosa que le permite a Edwards establecer un diálogo suspendido con Roberto Bolaño, el gran escritor chileno muerto hace cinco años, y fundamentalmente con el de la novela «Los detectives salvajes». Edwards parece aquí competirle en el goce de contar.
La historia de «La Casa de Dostoievsky» parte de un lugar real, una casa de bohemios, un simbólico hogar de la literatura, para relatar la vida de El Poeta. Esa denominación emblemática le sirve a Edwards para superponer en ese personaje la imagen de poetas de los que fue amigo y que conformaron una generación rebelde a partir de los años 40 en Santiago de Chile. El Poeta reúne en sus andanzas a las de Enrique Lihn, Jorge Teillier, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, hasta aquel tío suyo conocido como «el excéntrico» Joaquín Edwards, y además, entre otros, él mismo.
El periplo, dividido en tres partes, lleva a El Poeta de Chile a Roma, luego al París contestatario, más tarde a esa Cuba que hizo de Edwards «persona non grata» y con la que ahora se divierte reviviendo el «caso Padilla», las interminables charlas de Fidel Castro con oyentes aprisionados para escucharlo o la pesadilla de los intelectuales «invitados» a cortar caña por la sociedad comunista.
Una de las líneas del periplo de El Poeta lo lleva tras Teresa, una mujer que es sucesivamente símbolo del amor cortés, musa inspiradora, amante furtiva, compañera y finalmente una superposición de las moiras griegas, cuando El Poeta regresa a morir en su país. La relación de El Poeta con esa mujer ofrece con el triángulo mujer seductora, poeta encandilado y marido revólver en mano, uno de los momentos más divertidos de esta obra en muchos momentos plena de humor. Por ejemplo, cuando retrata a payasescos presuntos hombres de letras confrontándolos con reales poetas (un Pablo Neruda que Edwards no deja de cuestionar cada vez que puede sin dejar de valorar su obra poética) y antipoetas.
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