28 de abril 2006 - 00:00

Sólida muestra recrea arte en años oscuros

«Persona, homenaje a Cataluña», de Juan Carlos Distéfano. Poliéster reforzado y colado.
«Persona, homenaje a Cataluña», de Juan Carlos Distéfano. Poliéster reforzado y colado.
En Imago-Espacio de Arte, perteneciente a la Fundación Osde, se acaba de inaugurar «Cuerpo y Materia-Arte Argentino entre 1976 y 1985», período que va del golpe militar hasta la recuperación democrática. Curada por María Teresa Constantín, la muestra compuesta por 165 obras significativas de 29 artistas seleccionados, propone una revisión de la producción artística realizada en ese período.

No constituye, por cierto, una catalogación exhaustiva ni hay un montaje cronológico pero sí un marco contextual por el que a través de las cinco obras de cada artista se visualiza la reacción del campo artístico frente al miedo instalado en el país, o frente al desarraigo de los que optaron vivir fuera de él.

Esta muestra histórica insoslayable lleva a recordar las galerías que brindaron su apoyo, por ejemplo, Arte Nuevo, Van Riel, Carmen Waugh, Arte Múltiple, Art Gallery y a críticos como Martín Crosa, Elba Pérez, Hugo Monzón y Raúl Santana, quienes desde sus textos se referían a aspectos subyacentes de las obras. En ese entonces había importantes premios como el Braque o el Benson & Hedges que dieron oportunidad a varios de los artistas aquí convocados a ser reconocidos. Así como el refugio fue el taller, una posición ética era dejar de producir o continuar haciéndolo pero no mostrar; por eso, Constantín señala que muchas de las obras son poco conocidas, se expusieron una sola vez, o nunca, quizás hasta como un acto de autocensura.

Están los ahora grandes maestros como Norberto Gómez, Alberto Heredia, Juan Carlos Distéfano y Carlos Alonso, que fueron capaces de mostrar el horror y el dolor a través del cuerpo, centro de la obra.

Tripas y vísceras que perturban deliberadamente, materiales desechables en expresiones apocalípticas y escabrosas, el martirio en las violentas formas que el poliéster transparente refleja como en un espejo, la pintura como oficio, como refugio, con la que se rinde homenaje a los artistas del pasado.

Carlos Gorriarena, que una vez señaló «a los plásticos no nos miraron mucho, se dedicaron a censurar actividades más masivas como el cine, la TV, el teatro, la literatura»; Noé, cuando retoma la pintura en 1975 pero «rompiendo el plano, por vibración del color»; el «necesitaba pintar» de Ernesto Deira, que se equipara a la expresión de Juan Pablo Renzi «quise volver a pintar para no morirme o volverme loco».

A este artista y a Pablo Suárez se los ve con naturalezas muertas y paisajes, géneros tradicionales por los que también homenajean a artistas « silenciosos» como Lacámera, Molina Campos y Schiavoni. Está la generación que se forma en las escuelas de arte bajo el régimen militar.

Ernesto Pesce y Jorge Pietra abordan la memoria personal, Marcia Schvartz y sus retratos transgresores y provocativos, Duilio Pierri y el entorno inestable, el ocultamiento en Oscar Smoje y Juan Carlos Romero, la amenaza latente en Alicia Carletti, lo inquietante en Jorge Alvaro y Ana Eckell, los ominosos nocturnos de Fermín-Eguía de 1978 o Diana Dowek y sus paisajes donde la amenaza ya no es latente.

Rostros transformados, cuerpos que gritan, cuerpos que registran marcas, las siluetas de los cuerpos, cuerpos diseccionados en Eduardo Médici, Julio Flores. El título de la muestra refiere al cuerpo humano «presente o no en las obras y también a la corporeidad de la materia», es decir, los medios por los que estos artistas aludieron explícitamente o sesgadamente a un período que ha marcado a los argentinos para siempre (Suipacha 658. Clausura el 9 de Junio).

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