28 de diciembre 2000 - 00:00

"Soy muy denso y cuestionador"

Omar Chabán.
Omar Chabán.
(28/12/2000) Omar Chabán se autodefine como un artista del sinsentido, que cultiva con esmero su imagen de excéntrico, capaz de llegar a un estreno vestido de falda larga o de aparecer en una reunión con la cara pintada de blanco.

Pero detrás de este pintoresco personaje está el generador de espacios de vanguardia y experimentación, como el Café Einstein, Die Schule y Cemento, y un creador al que no le importa ir contra la corriente, por más que lo echen de todos lados como él mismo confiesa. El estreno de «Clásico amoral», su primer espectáculo con elenco multitudinario, lo llevó a reflexionar sobre sus tempestuosas relaciones con el teatro, el rock y el mundillo cultural porteño.

Periodista: Usted siempre hace un culto del sinsentido ¿En qué lo fundamenta?


Omar Chabán:
A mí me atrae el poder de lo oscuro, de lo oblicuo, la extravagancia, lo bizarro, lo indefinido. Yo creo que eso está en lo argentino, pienso en Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Emeterio Cerro, Néstor Perlongher. Pero realmente no sé por qué me quedó esa impronta barroca, exuberante y confusa. A mí me gusta el delirio, lo que no se entiende.

P.: ¿Cómo definiría a su nuevo espectáculo?


O.Ch.: «Clásico amoral»
es un cabaret brechtiano que reúne varios estilos, pero nada de clown, costumbrismo, ni referencias a la televisión. El espectáculo se realiza en Cemento, dura cerca de tres horas y el público se va sumando a medida que llega, entre nueve y doce de la noche aproximadamente.

P.: En Cemento surgieron grupos de vanguardia como la Organización Negra y De la Guarda, pero ahora se lo relaciona más con el rock o con algún episodio de violencia.


O.Ch.:
Es que la cámara de televisión lo transforma todo. De algo que no era tan grave se hizo como una gran bola. Tuvimos muchos enfrentamientos con la policía, e incluso a mi hermano lo metieron en cana siendo concejal. Estuvimos un año entero así, por cualquier cosa nos mandaban carros de asalto, caballos... un operativo como para reprimir a la guerrilla. Por otro lado fue una suerte porque con los carros de asalto se acabaron los quilombos en la calle. Sobrevivimos porque somos astutos, es nuestra astucia árabe. Pero quiero aclarar que Cemento nunca dejó de ser un espacio para la gente de teatro. Siempre damos el lugar a grupos, no cobramos seguro e hicimos dos festivales de danza.

P.: Pero subsiste gracias a los grupos de rock.


O.Ch.:
Sí.

P.: ¿Cómo es su relación con ese ambiente?


O.Ch.:
No me gusta el rock, lo único que he sacado en positivo es la pujanza de esa gente, realmente me sorprende. Ahí fue que los apiolé en muchas cosas que hoy resultan naturales, como por ejemplo ver un show parado. Antes de Cemento eso no existía. También los apiolé de que tenían que tocar una vez por mes, antes no era así. Eso lo aprendí de Alemania y de Luca Prodan a quien le gustaba mucho tocar en vivo. Antes la mayoría tocaba una vez cada tanto. Después se dejó de lado ese rock tipo Spinetta, depresivo y con esa lógica medio esotérica y kistch. Se impuso una cosa más pragmática, con otras reglas. El rock en la Argentina lo inventó Grinbank y nosotros lo pusimos en práctica.

P.: ¿Qué fue lo que lo impulsó hacia las artes escénicas?

O.Ch.: Es algo nebuloso, pero creo que hubo algo de resentimiento. Cuando era chico me echaban de todos lados y prometí vengarme. Y me vengué un poquito, pude dejar atrás a todos esos que me criticaban. Si hay algo de lo que me siento orgulloso es de haber creado con Sergio Einsestein un lugar como el Café Einstein, al que todo el mundo calificaba de frívolo, pero que fue el germen de todas las salitas teatrales que surgieron después.

P.: ¿Por qué lo echaban de todos lados?


O.Ch.:
Soy muy denso y cuestionador. Aún hoy a los 48 años siempre armo algún quilombo. La vez pasada, por ejemplo, me echaron del Goethe. Eran unas charlas donde dos intelectuales argentinos se la habían pasado hablando contra el fascismo. Yo, entre otras cosas, comenté que era evidente que la filosofía no podía plantear el tema del mal, porque ése era un tema para la literatura y el arte. Y ahí se armó un despelote. Al otro día, cuando quise hablar, los intelectuales argentinos no me dejaron: «Las preguntas son por escrito» me dijeron. Yo no podía creer que esos tipos que estuvieron hablando todo el tiempo de fascismo salieran a reprimirme. Después Gabriela Massuh me pidió disculpas, aunque también ella me reprimió ese día.

P.: Además de mantener vivo su espíritu contestatario usted siempre apela al disfraz y al gesto teatral.


O.Ch.:
Aunque no soy del sesenta, conservo muchos rasgos de esa década, como Marta Minujin. Cuando me disfrazo no creo estar comunicando nada. Pero ahora, por esta falta de expectativas que veo en la Argentina, quiero ser más mediocre y no cualificable. Lo único que queda es que somos pobres y que sólo vamos a poder llegar al otro desde la bondad. Es casi cristiano lo que digo, pero es lo único que veo.

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