7 de noviembre 2000 - 00:00

Tan "humana" que no se reconoce a Sartre

«A puerta cerrada», de J.P. Sartre. Dir.: M. Blanco. Int.: P. Botte, A. Lecouna, J. Viera y J.C. Ferrari. (Auditorio Cendas.)
" El infierno son los demás", dice Sartre en su obra «A puerta cerrada», pero la frase contiene un guiño. Nadie puede transformarse en un infierno para quien no alberga la vergüenza y la culpa dentro de sí mismo. Esto es lo que sucede con los tres personajes de la obra. Quieren escapar de lo que son. Y no pueden. Pero no del modo en que lo hacen los personajes de Pirandello. Estos sólo quieren mostrarse vestidos de blanco, como la protagonista de «Vestir al desnudo». Ella quiere un vestido blanco para que la recuerden así los que la rodearon. Los personajes de Sartre tienen la aspiración de verse de este modo dentro de sí mismos. La suya es una desesperación lúcida y fría: intelectual. Que no tiene nada que ver con el casi modesto deseo de «figurar» al que aspiran las criaturas del autor italiano.
Martín Blanco ha caído en el error de «italianizar» la pieza de Sartre y de este modo ha mellado sus aristas. Estelle, Garcin e Inés son seres malvados y lo saben. No son modestos: su sufrimiento es un sufrimiento lúcido y frío. Y esto es lo horrible, porque sufren en sus mentes y no en su corazón. Y éste es su infierno, no hay en ellos nada visceral.

Atención

Marcar a Estelle como alguien que llora permanentemente y se aferra a pequeños gestos, distrae la atención del espectador y desvirtúa la maldad intrínseca de la infanticida. Lo mismo sucede en el caso de Inés. Ella no grita. No necesita gritar. Le basta con el poder de su malvada inteligencia para reinar en el alma de los otros y manipularlos. Como le basta a Garcin su dominio de la mentira para traicionar a sus compañeros de causa. Los líderes políticos raramente se muestran vulnerables. Y si lo hicieran, nadie les creería.
El director apostó a los desbordes emocionales, creyendo que de este modo imprimiría mayor vigor a la pieza. Pero la obra (perfecta por lo demás), se resiste a este tratamiento. La violencia está implícita en la ironía, en el desprecio, en la feroz inteligencia que cada uno demuestra. Destinada, después de la muerte, como lo fue en la vida, a sacar el mayor rédito posible de cada una de sus jugadas.
La obra refleja de tal modo los comportamientos actuales, que da escalofríos.
«A puertas cerradas» es el desarrollo de un juicio. Un juicio del que nadie podrá escapar. No necesita ser explicada y la escenografía es casi innecesaria. Con una luz sobre cada uno de los personajes se podría lograr una atmósfera despiadada que reina en los interrogatorios policiales.
Blanco no ha tratado de «innovar», lo que es un alivio. Pero el «método de las acciones físicas» no es el más apropiado para tratar una obra violenta pero fría, que apuesta más al intelecto que al sentimiento. Por más que los actores se esfuercen por lograr cierta condescendencia, esto es imposible. Tal vez sea útil el trabajo actoral de Patricia Botte (Inés), Agustina Lecouna, Julio Viera (Garcin) y Juan Carlos Ferrari (Camarero), pero «humanizar» a los fríos personajes que tratan de justificar a través de sus discursos, más que facilitarles la tarea, desdibuja el significado del discurso.

Dejá tu comentario

Te puede interesar