“La traducción”, o cómo resistir al malentendido

Espectáculos

Diálogo con Matías Feldman, creador del proyecto Pruebas sobre lenguajes teatrales. Ahora estrena su “octava” prueba en el Nacional Cervantes.

“Hay una subestimación muy grande hacia los espectadores. Se cree que solo funciona lo fácil y corto y entonces la tendencia es a simplificarlo todo. Pero eso no surge del público sino de los medios de producción simbólica, y ahí el mercado mete su cola”, dice Matías Feldman, creador del Proyecto Pruebas que surgió en 2013 e indagó en las convenciones del lenguaje teatral y las diferentes aristas de las artes escénicas.

El 14 de mayo estrena “La traducción” (Prueba 8), en la sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes, con colaboración artística del grupo Piel de Lava y actuaciones de Martina De Marco, Valeria Correa, Juan Isola, Vanesa Maja, Juliana Muras, Laura Paredes, Paula Pichersky y Luciano Suardi.

Durante casi una década Feldman se dedicó a investigar en torno a la percepción, los modelos de representación, los procedimientos y el lenguaje a partir de su primera “El espectador”; seguida por “La desintegración (Prueba 2)”; “Las convenciones (Prueba 3); “El tiempo (Prueba 4)”; “El ritmo (Prueba 5)”; “La rima (Prueba 6)” y “El hipervínculo (Prueba 7)”. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Cómo es esta prueba con la traducción como eje?

Matías Feldman: Vivimos en un mundo con una crisis de representación tan fuerte, es tan vasta la información que existe, que nombrar se vuelve muy complejo. Sin embargo, se tiende a querer explicarlo todo de manera sencilla, se reduce todo a una “grieta”, por eso surgen horrores como el “terraplanismo”, por la necesidad de simplificar un mundo que no es para nada simple. Pensamos a la traducción, no sólo haciendo foco en el idioma, sino en lo que ocurre antes de traducir: la interpretación. El contexto, la época, el sesgo, los intereses, son determinantes a la hora de traducir. Entonces intentamos develar capas del material con el que estamos trabajando, como una suerte de arqueología. Probamos hacer visibles cosas que quizás en una primera mirada no se veían. Darle vueltas a las cosas hasta marearse. Develar pero también agregar sentidos que no estaban. Traducir es imprimir.

P.: ¿Esta obra da un paso más allá de “El hipervínculo”?

M.F.: En “El hipervínculo” reflexionamos sobre la percepción que viene acostumbrándose a recibir cosas fragmentadas, yuxtapuestas, gracias a Instagram, Facebook, el diario, la tele. Nos llega una gran marea fragmentada de cosas y ahí nos preguntábamos qué pasa si una obra teatral posee esa misma estructura. En La traducción, la pregunta es, ¿qué pasa si está todo al mismo tiempo?

P.: ¿Qué historia cuenta la obra?

M.F.: Gira en torno a unas jóvenes a finales de los años 60 en Alemania, pertenecientes a la burguesía industrial, que devienen en revolucionarias, muy inspiradas en las luchas latinoamericanas de los 50: el Che Guevara, Cuba. Estas jóvenes alemanas traducen la lucha latinoamericana a su contexto. En ese punto la obra va jugando con la traducción en torno al idioma. Se traduce del alemán al español y de vuelta al alemán, hay doblaje, censura, etc. Pero luego se intenta traducir no sólo el idioma sino los acontecimientos, los gestos, las expresiones. ¿Qué podríamos aportar nosotros a la traducción (algo tan estudiado por gente muy erudita)? ¿Se pueden traducir los gestos, las expresiones, los acontecimientos? Intentamos traducir lenguaje teatral.

P.: Cómo conectan “El hipervínculo” y “La traducción” en relación a los algoritmos y las redes?

M.F.: Estamos acostumbrados a interpretaciones simplonas del mundo. Se tiende al slogan, a pretender entender el mundo en su totalidad, pero no se puede. Gracias a los algoritmos en las redes, las apps, y su inteligencia artificial, se ofrecen contenidos a medida. Se viene perdiendo el espíritu crítico. Todo se aplana, por eso el terraplanismo, por la angustia de no poder con el mundo y su embrollo. Por eso es tan fácil caer en las fake news. Buscamos ir en otra dirección aunque podamos fracasar en el intento.

P.: En sus obras ronda la crítica a la clase media y las obsesiones que se vuelven religión. Dijo que lo inspiró, entre otros, Pier Paolo Pasolini.

M.F.: Siempre resuena Pasolini. Por ejemplo fue muy crítico con el Mayo francés. Él dijo que eran niños ricos peleando con sus padres. Hoy ponerse en crisis parece resultar ofensivo. Más allá de Pasolini, en esta obra me apoyé mucho en las nociones de Aby Warburg, un estudioso de la Historia del Arte, que sostenía que en toda imagen están todos los tiempos al mismo tiempo, como una sopa de anguilas, y que el pasado intenta hacerse presente todo el tiempo. Me agarré de eso para jugar con la interpretación. Y para poder ver esas resonancias de las que hablaba Warburg necesité de las repeticiones. Utilizando, otra vez más las repeticiones, algo que suelo usar mucho, y que suelo nombrar como Teatro Vertical. No pienso las escenas cronológicamente, es decir, horizontalmente, sino de manera vertical.

P.: Suele explorar el tiempo ralentizándolo ¿cómo impacta ese experimento en lo teatral y en públicos ansiosos?

M.F.: En este caso no uso el recurso de ralentizar las escenas como lo usé en la Prueba 4 “El tiempo” sino que se repiten las escenas. Por otro lado, no sé qué es lo que “a la gente le gusta” o “lo que la gente necesita”. Eso se lo dejo a Netflix. El hipervínculo, duraba 3 horas, tenía 180 personajes, y nos fue muy bien. Nosotros pensamos todo nuestro trabajo en función del espectador, en función de lo que le va a pasar, de su experiencia. No es para nosotros. Lo que me interesa es ese choque con el espectador. Como decía Borges, el sabor no existe en la manzana sino en el choque del paladar con la manzana. En las pruebas nuestro centro es el espectador.

P.: ¿Cuál será la prueba 9?

M.F.: Creo que esta será la última, es una sensación que tenía previo a empezar a escribirla, sentía que era el final de un proyecto que vengo haciendo desde 2013. Quizás es un ciclo cumplido.

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