17 de noviembre 2000 - 00:00
"Toda arqueología se parece a un thriller
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Valerio Massimo Manfredi: Si algo gusta se prefiere abundante. Unas buenas vacaciones se desea que duren más. «Alexandros» es un viaje al pasado, una larga aventura que permite el encuentro con personajes carismáticos. Y una exploración, porque como científico y narrador he reconstruido en forma real la época. Cuando el lector entra en Babilonia o Alicarnaso no encuentra ruinas sino las ciudades en perfecto estado y plena animación, es casi un viaje virtual que no se lograría sentándose en una biblioteca a leer biografías académicas de Alejandro Magno.
P.: ¿Por qué ahora aparece «Paladión», sus primera novela?
V.M.M.: El editor en español decidió publicarla luego de lo ocurrido con «Alexandros». «Paladión» es una obra totalmente distinta, un thriller moderno con raíces en el pasado. Tiene un capítulo en la antigüedad romana, otro en el medievo y otro en la actualidad. Y si bien es un thriller los descubrimientos arqueológicos ocurrieron en Anatolia. Allí se encontraron dos grandes guerreros de bronce de la Grecia antigua. Los científicos y el intendente no querían exponerlos y mantener el secreto. Pero desapareció misteriosamente una de las estatuas, que finalmente se encontró en una caja, en el puerto. Todo eso, que supe por participar como profesor de topología antigua de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán, fueron punto de partida para mi fantasía.
P.: ¿Qué ocurrió luego que descubrieron esas estatuas?
V.M.M.: Hubo un congreso de investigadores para interpretar el hallazgo. Se llegaron a encontrar más de cien estatuas bajo un muro sumergido. Se pensó que correspondían a un gran santuario, uno de los más sagrados de la nación romana, que se consideraba fundado por Eneas, el héroe troyano, que huyendo había llevado con él las estatuas de los dioses de su patria perdida, y entre ellas la más terrible: la fabulosa Paladión, que muestra a la diosa Atenea armada y hacia invencible a la nación que la poseyera. Eso lo relacioné con algo que refiere Plinio El Viejo: «Se construyeron copias del Paladión para esconder el original, sólo el sacerdote sabe cuál es la verdadera». Imaginé a alguien que busca concretar el sueño de poseer el arma final, ésa que le permite ser invencible. La investigación histórica es un viaje que nunca se concluye porque va tras el ideal de una posible verdad. Por tanto, la arqueología no es desenterrar lo muerto, sino una reconquista que puede hasta ser peligrosa. El arqueólogo no sabe con exactitud qué va a descubrir cuando cava en las raíces de la cultura. Cuando pone en contacto la raíz original con los conocimientos actuales puede provocar una situación explosiva.
P.: ¿Cuál sería un ejemplo de esto?
V.M.M.: Cuando era chico, luego de la Segunda Guerra, en la escuela había carteles que mostraban niños mutilados porque, jugando con la tierra, habían encontrado una bomba que no había explotado. Los carteles decían: Cuidado cuando remuevas la tierra puedes encontrar algo que te explote en las manos. En los años '40, de forma totalmente casual, un niño palestino que había perdido una cabra encuentra los papiros de Qumran. Esos textos, que cuentan los orígenes del cristianismo, son un hecho explosivo, unen el capítulo actual con los orígenes de esa idea. Es explosivo porque esos documentos podrían ofrecer datos discordantes con las convicciones actuales. En una novela más reciente, «El faraón del desierto», cuento de un egiptólogo americano que va a observar el descubrimiento de una compañía que realiza investigaciones mineras en un desierto del Medio Oriente. Hallaron una tumba egipcia a cientos de kilómetros del Nilo, en un lugar que no tiene ninguna relación con la cultura egipcia. La riquísima tumba parece la de un faraón que rodean imágenes de dioses egipcios. El científico se da cuenta que los restos que están allí no son los de un faraón sino de alguien que tuvo que ver con las tres grandes religiones monoteístas que dominan el mundo: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Comprende que, de divulgarse quién está allí, se desestabilizaria el mundo, destruiría la base de esas grandes religiones cuyos orígenes son los mismos. Si bien la novela concluye de un modo inesperado pero que tranquiliza a los espíritus, lo que describo es una hipótesis altamente posible. Las manipulaciones de la historia
V.M.M.: Es la instrumentalización del pasado. Yo no creo que la ciencia sea apolítica. Los científicos que construyeron la bomba atómica no estaban haciendo investigación pura, estaban poniendo su conocimiento al servicio de un ideal político. Lo mismo ocurre con la arqueología. Mussolini instrumentalizó el pasado romano para recrear el mito de un imperio mediterráneo y presentarse como el nuevo César. Hoy día los israelíes apoyan la investigación arqueológica con gran empleo de medios porque quieren demostrar que esa ha sido su tierra desde siempre. Hoy los egipcios están utilizando la conceptualidad faraónica para recrear una identidad lejana del fundamentalismo islámico. El sha de Persia celebrando el segundo milenio del imperio persa, bautizando a su hijo como Ciro, buscó recuperar una tradición y la reacción fue tremenda, se convirtió en república islámica fundamentalista. No se puede jugar con el pasado. Nunca el pasado se repite. El pasado es pasado, pero se debe respetar porque las consecuencias no son manejables.
P.: Coincide con el historiador inglés Ian Ker-shaw que sostiene que Hitler no se puede repetir...
V.M.M.: Porque es así. A la vez siempre se intenta recuperar el pasado con fines propagandísticos. Los turcos, hoy, potencian la recuperación de monumentos griegos y romanos de la época clásica. Tiene una explicación, piden ser admitidos en la Unión Europea y esa es una de sus llaves ideológicas para acercarse. Pero sabemos lo que los turcos hicieron cuando en los años 20 hicieron limpieza étnica con armenios y griegos, para recrear la Turquía turca y ahora eso es un problema.
P.: Usted muestra, como Robert Graves, que «no hay nada más actual que el pasado».
V.M.M.: Es que el pasado existe siempre en la interpretación del presente. Nadie puede dejarlo de lado porque sería cancelar la identidad. Si alguien se despierta una mañana y no sabe quién es, ni hablar por no saber cuál es su idioma, ni dónde nació, ni quiénes son sus padres, no es ya una persona, es nada. No podemos apartar el pasado, pero a la vez queremos recrearlo con la mentalidad ideológica de nuestro tiempo.
P.: ¿Qué piensa del género denominado «novela histórica»?
V.M.M.: Una gran parte de las novelas históricas son sólo operaciones comerciales, el pasado es sólo una escenografía exótica. El autor moderno pocas veces tiene el control del dato científico y casi siempre hace una operación en frío: lee algunos libros o tiene colaboradores que le entregan el out line de la historia, y después se ponen a escribir. Claro, son libros llenos de anacronismos y estupidez. Pero se consumen porque a la gente le gusta viajar al pasado, porque ofrecen aventuras en un mundo diferente a la sociedad muy homologada, muy homogeneizada, en que viven. En general son productos, y de nivel muy bajo, con manipulaciones, distorsiones y plenas de anacronismos.
P.: ¿Recuerda algún anacronismo que haya encontrado en una novela histórica?
V.M.M.: No voy a andar mencionando obras que no se lo merecen, pero puede leerse, por ejemplo, que un etrusco espera una segundos, cuando esa medida de tiempo no existía o que un romano estaba nervioso, cuando no se sabía de los nervios, o que un griego antiguo dice «no te esfuerces el cerebro» cuando las ideas se creía que partían del corazón, que era el centro del pensamiento. Si tengo que reconstruir una situación del pasado debo razonar como un hombre antiguo.
P.: Y a usted, ¿no le encontraron algún anacronismo?
V.M.M.: Muchas veces me dijeron que no había señalado que Alejandro era homosexual, pero eso no tienen ningún sentido. La palabra homosexual es de raíces griegas pero que los modernos hemos construido. Sólo tiene sentido en la cultura cristiana, que crea una palabra técnica para indicar al distinto, el que no forma parte del proyecto de creación de Dios porque no continúa la especie. Pero esto, en el mundo antiguo no tenía sentido, allí la sexualidad se expresaba en todas las formas posibles. Alejandro tuvo una relación íntima con su amigo Efestión pero también con su amante Pancaspe, con Barsine, con Estatire, con Roxane que fue su esposa, con sus concubinas, tenía una sexualidad sin límites. Además eso no es la base de ninguna novela histórica.
P.: ¿Y cuál es para usted la base de una buena novela histórica?
V.M.M.: La base es la recreación con fidelidad y rigor de una época. Esto es la gramática, luego está la retórica: tiene que ser una obra literaria, comunicar emociones. Los productos comerciales casi nunca las comunican, salvo en publicidad. Afortunadamente hay grandes obras como «Memorias de Adriano» de Margarite Yourcenar o cualquiera de las de Robert Graves. Ellos sabían que toda novela es histórica: habla de algún pasado, y la diferencia es estética, es obra de arte o no. Si comunica emociones, si pone en juego la belle-za junto a la fidelidad, la calidad de estilo junto al interés del relato, es obra de arte, es obra literaria, si no es, en el mejor de los casos, un entretenimiento más de la sociedad de consumo.




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