2 de noviembre 2000 - 00:00

Tornatore, hombre de lágrima fácil

«La leyenda del 900» («La leggenda del pianista sull'oceano», Italia, 1998; habl. en inglés). Dir.: G. Tornatore. Int.: T. Roth, P. Taylor Vince, C. Williams III, P. Vaughan y otros.

«La leyenda del 900» («La leggenda del pianistasull'oceano», Italia, 1998; habl. en inglés). Dir.: G. Tornatore. Int.: T.Roth, P. Taylor Vince, C. Williams III, P. Vaughan y otros.

 

“La leyenda del 900” es algo así comola versión para abuelas de «La leyenda del jinete sin cabeza». En lugarde un jinete decapitado, hay un concertista trasatlántico que toca el piano ala noche y despierta a la gente en los camarotes. Como película es llorona,falsa, y apenas disimula su interesada finalidad por valerse de la inclinaciónsentimental del público norteamericano.

Esta es la primera producción hablada en inglés de GiuseppeTornatore, ganador del Oscar por «Cinema Paradiso» doce años atrás;desde entonces, Tornatore no ha hecho otra cosa que seguir explotando,aunque ya sin igual éxito, el cantero de la nostalgia, con las miras en unpúblico que no coincide con el de su generación. Para ello em-plea ficciones cadavez menos sinceras, y su propósito por mover a lágrimas al espectador, como eneste caso, puede llegar a volverse irritante.

La línea argumental de «La leyenda del 900» podríaparecer atractiva en una sinopsis, pero puesta en imágenes, y sobre todo eneste tipo de imágenes, bamboleantes y pesadas, se hunde sin remedio.Dificultosamente la música del gran Ennio Morricone mejora un poco lascosas, lo mismo que la agradable fotografía de Lajos Koltai.

La película cuenta la historia de Novecento, el bebéque un marinero negro del trasatlántico Virginia encuentra abandonado a bordo,y a quien bautiza de ese modo por coincidir su aparición con el inicio delsiglo.

El marinero muere rápidamente y Novecento se cría enla nave, que hace incesantemente el trayecto entre Génova y Nueva York -nofalta, como es de rigor, la escena de la llegada de los inmigrantes ante laEstatua de la Libertad-, y pronto se va convirtiendo, sin que la películaexplique nunca cómo, en un virtuoso del piano.

Su digitación hace las delicias de los elegantespasajeros de primera clase (entre quienes viajan las grandes celebridades delsiglo con las que se saca fotos, igual que Zelig) y ameniza también laspenurias de los sumergidos en la tercera. Es un hombre bueno, despojado de todasombra de narcisismo, que hasta destruye el único disco de pasta que le graban(aunque nunca falta un Max Brod que salve el legado...).

Sin embargo, Novecento, interpretado por Tim Roth (acuya brillante carrera este papel no agregará por cierto demasiado lustre),tiene un capricho: nunca pisa tierra. No queda claro si eso es algo bueno omalo, una virtud o una perversión, pero es así. No se baja nunca del barco, nisiquiera por esa mujer rubia que le sonríe y a quien la cámara de Tornatore hacelucir, en cubierta, tan luminosa y angelical.

La duración italiana original de 2 horas 40 se reduceaquí a las más piadosas 2 horas de la versión internacional. Sólo una escena,entre todas, pudo haber justificado el film: el duelo pianístico con JellyRoll Morton. Pero Tornatore, tan sensible e incontinente, tambiénllena esa escena de lágrimas.

 

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