Hace varios años, Jorge Estomba escribió que el currículum de un pintor se hace con la obra, que es su verdadera historia, porque hacer referencia a estudios, viajes, concursos, etc., es sólo anecdótico y vano. En verdad no se necesita saber nada de él para darse cuenta que se está frente a una obra de gran intensidad que se revela, en primer lugar, por la contundencia y severidad del color. Grises y negros abismales. Pero, de pronto, el rojo incandescente y vehemente que quiebra ese abismo o el blanco restallante y optimista.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sus formas geométricas que se resuelven planimétricamente, esta vez no están delimitadas por el trazo negro y enérgico, se conectan entre sí por algún vértice o por alguna superposición. Estomba las llama «Emanaciones» que, en una de sus acepciones, significa «desprenderse de los cuerpos las sustancias volátiles». Por extensión podríamos decir que se desprende de todo lo superfluo y obliga al espectador a olvidarse de sí mismo e internarse en el cuadro, lo atrapa lenta y profundamente, provoca en él una experiencia contemplativa. Hasta se podría utilizar el vocablo Zen para describir una geometría cada vez más depurada que va a lo esencial.
El artista intenta y lo logra, a través del cubo, del cuadrado, del rectángulo, llegar a estas esencialidades relacionadas con el concepto de Dios según Plotino. Para el filósofo alejandrino, éste es el Uno o Ser puro, a la vez primera y última causa, el que emana energía, luz, amor, todo procede de El, no por creación sino por emanación.
Austera pintura, austera actitud, no participa en premios ni salones desde 1972, tampoco expone a menudo (su última muestra individual tuvo lugar en 1989). Dirigió y construyó el Templo Parroquial Nuestra Señora de la Rábida consagrado en 1996 por el Arzobispo de Buenos Aires cuya arquitectura invita al sosiego, a la comunión espiritual así como lo hacen actualmente sus pinturas , esculturas y papeles. Galería Principium (Esmeralda 1357). Clausura el 17 de mayo.
•Gambartes
En este momento en el que cualquier gesto es llevado a la categoría de arte, fue muy alentador asistir al homenaje a Leónidas Gambartes (1909-1963) convocado por la Academia de Bellas Artes. En la sede de la institución, su Presidente, Rosa María Ravera, junto a Aníbal Jozami,Alejandro Puente y Hugo Gambartes coincidieron acerca de la necesidad de no perder la memoria sobre ciertos artistas, hacedores de nuestra identidad, que si bien se alimentaron de las corrientes o ismos del momento, no se sometieron a ellos. Gambartes fue un intérprete de misterios y de magias, de la memoria de la tierra, de la vida cotidiana de cierto tipo de gente de nuestro país, concretamente del litoral. Se enfatizó acerca de su idea precursora del soporte, parte constitutiva de su obra que lo diferenciaba de los pintores de su época. Hombre culto y estudioso, después de la fascinación por el arte eurocéntrico, retorna a «escuchar las voces circundantes...expresar esas voces anónimas» ya que el artista es un revelador de verdades esenciales. Hace una relectura de las enseñanzas de Berni así como de Torres García y se constituye en un hombre de la modernidad, apropiándose de lo que lo rodeaba con una visión que fue más allá de lo periférico.
Fue conmovedor el recuerdo de su hijo Hugo que aunque sólo compartió nueve años de su vida, relató con admiración distintas instancias del hombre y del artista que en el año '50 deja de fechar su obra, entrando en una suerte de intemporalidad.
Entretanto, «Gambartes, mito, magia y misterio», exposición de la que nos ocuparemos en nuestra próxima nota, se exhibe en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta hasta el 22 de junio.
Dejá tu comentario