9 de agosto 2001 - 00:00

Un "Attila" con voces magníficas

Samuel Ramey.
Samuel Ramey.
«Attila». Opera de Giuseppe Verdi. Con S.R., R. Servile, A. Gruber, F. Casanova, G. Renaud y G. Verlato. Régie, esc. e ilum.: R. Oswald, C. Prego. Vest.: A. Lápiz. Dir. coro: V. Sicuri. Dir. Coro de Niños: V. Sciamarella. Orq. Estable. Dir. de orq.: E. Müller. (7/8, Teatro Colón, Función de Gran Abono.)

Esta ópera, compuesta por Verdi antes de «Macbeth», contiene todos los ingredientes para conformar un gran espectáculo, aunque la plataforma del éxito está en el canto y la música. Afortunadamente, se conformó un elenco de voces caudalosas y experimentadas, un director sujeto a partitura y músicos con muy buena disposición, coros de voces viriles y blancas muy bien preparados. La escenografía espacial y funcional, con proyecciones estéticamente sugestivas; el vestuario que identifica claramente quién es quién; y una régie que define los caracteres sin incomodar a los cantantes.

La narración es clara, no se bifurca en «visiones subjetivas» ni en simbolismos o traslación de épocas. Para muchos, es un volver a vivir la ópera como género estimulante, esas veladas en las que va subiendo la temperatura, con una sucesión generosa de arias y corales que deja satisfecho al paladar más exigente; se comprobó el efecto en la función de gala, en la que el público suele ser sobrio en sus manifestaciones, pero, esta vez, el entusiasmo fue más que evidente.

Samuel Ramey en el protagónico es inmejorable, tanto por su dominio escénico como de su voz, que administra con inteligencia y llega entera hasta el final sin el menor signo de fatiga. El barítono Roberto Servile tiene una emisión directa y un rango amplio, línea de canto abierta y encendida. El tenor Francisco Casanova canta muy bien, llega fácilmente a los agudos y es firme su registro central, se maneja con naturalidad y hace olvidar su voluminoso abdomen.

A poco de que el oyente se acostumbre al timbre incisivo de la soprano Andrea Gruber, disfrutará de una cantante con expresión y dominio técnico, pletórica en los agudos y que entrega su caudal sin reticencias desde la presentación hasta el concertante final, pasando por el «Liberamente or piangi» con ternura y poesía. Breve, pero imponente, la participación de Giannantonio Verladirección de Edoardo Müller (italiano, aunque porta apellido germánico) resalta el melodismo de la partitura y atenúa algunos pasajes triviales (las cabaletas, por ejemplo) para presentarlos como un «pezzo di bravura» y no como una marcha vulgar.

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