«Los pasos perdidos» (España-Argentina, 2001, habl. en español.). Dir.: M. Rodríguez. Guión: M. Rodríguez, X. Bermúdez. Int.: I. Visedo, L. Brandoni, F. Luppi, C. Velazco, J. Querol, J. Blanco, C. Collado.
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Este drama, sin mayores estridencias, sobre una joven española dividida entre el amor a sus padres adoptivos y el reclamo de su abuelo legítimo, que aparece en el marco de un juicio por desaparecidos, tiene tres finales. Uno, creíble, callado y emotivo. Otro, casi setentista, algo apresurado y, por ello mismo, discutible. Y el último, casi en suspenso, creíble y emotivo.
El film hace, además, un pequeño círculo, muy bien iniciado, con una de esas escenas hogareñas que quedan por mucho tiempo grabadas en la memoria de una criatura, pero de un modo fragmentado, porque siempre hay cosas que a uno se le borran o que prefiere borrar. El círculo se completará, como las vueltas de la vida, de un modo sencillo, sin grandilocuencias, como quien satisface una duda y le queda una pena agridulce y querida, de algo que nunca más se recupera y que, paradójicamente, nunca se ha perdido del todo.
Otro momento significativo, pero de mayor tono dramático, se da cuando la protagonista vuelve a uno de sus recuerdos más queridos, pero en vez de encontrar refugio en él, le encuentra un nuevo significado que la quiebra. Un quiebre que acaso empezó noches atrás, cuando estaba viendo por televisión esa parte de «El espíritu de la colmena», donde la niña encuentra al monstruo, tan tierno como terrible. Esos apuntes casi íntimos, le dan un toque especial a la película.
El grueso de ella, sin embargo, transita por carriles más convencionales. Y en ellos, lamentablemente, la directora, Manane Rodríguez (la misma de la comedia «Retrato de mujer con hombre al fondo», bien apreciada en Mar del Plata '99), cae, a veces, en algunas convenciones prescindibles e, incluso, en detalles que restan verosimilitud, aun cuando acrediten haberse inspirado en hechos reales. Por suerte, dichos lunares no afectan el mensaje del film: todos tienen amor, pero no todos consiguen que su amor sea correspondido o merecido. Esto es lo que expresan, con estudiada naturalidad, los sólidos intérpretes de la obra: la joven Irene Visedo, los contenidos Luis Brandoni y Federico Luppi (a destacar, la expresividad de sus miradas) y la venerable Concha Velazco.
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