Aunque interesante, el documental sobre el rugbier que inició en ese deporte a indios tobas se hace reiterativo y monocorde, porque sólo habla el entrenador.
«La quimera de los héroes» (Arg.-Fr.Hol.-Din., 2001-2003, habl. en español) Dir.: D. Rosenfeld. Guión: D. Rosenfeld, E. Cappizano. Documental.
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Los dos documentales que hasta ahora ha hecho Daniel Rosenfeld tienen cierto parentesco, no tanto en lo formal (el primero era toda una exquisitez de fotografía y montaje) sino en la figura y la lucha de sus protagonistas. Tanto «Saluzzi, ensayo para bandoneón y tres hermanos» como «La quimera de los héroes» muestran un esfuerzo de equipo en pos de una meta.
No importa que en un caso se trate de músicos buscando componer un tema, y en otro sea un grupo de tobas practicando rugby medio amateur (su Aborigen Rugby Club ya se ha hecho fama en el ambiente), ni que el conductor de los primeros (Dino Saluzzi), sea un morocho venerado por el público progre, y el de los segundos (Eduardo Rossi), un blanco cuyos antecedentes filonazis incomodan a ese mismo público. Lo interesante, es que Saluzzi, que vive en Europa, sólo se halla del todo a gusto en su propia tierra salteña, y que Rossi se está encontrando a sí mismo en el borde del monte formoseño. Es como si fueran dos cuadros de una exposición dedicada al subtrópico argentino, un rico territorio, aún poco transitado, para pensar lo nuestro.
Sobre eso de la pertenencia, y también sobre su misión en la vida, llevando el mensaje del mens sana in corpore sano a los indios castigados por el alcohol y la baja autoestima, ya había hablado Rossi en «Formosa, visiones fugitivas», un capítulo del programa «Fotogramas de una fiesta» que se vio este año por «Canal 7». Pero «La quimera...» es anterior, solo que recién ahora se conoce. Y es más extensa: lo que en un caso el hombre decía apretadamente mientras manejaba su camioneta blindada, acá lo dice a lo largo de todo el film, alternando con paisajes, música clásica, entrenamientos, y otra quimera: la creación de un museo de armas de la Segunda Guerra Mundial. Los héroes serán entonces los de un pasado europeo, y los de un presente sudamericano. «Nuestro equipo es como el Ejército de las Sombras. Hacemos todo en silencio», se lo oye decir cuando ya están rodando los créditos finales. Lo cual suena cierto y unitivo, ya que alude al modo en que se definía la Resistencia Francesa (Jean-Pierre Melville le dedicó un soberano film), pero, ay, a esa altura también suena un poquito gracioso, porque justamente, mientras los indios se mantienen callados, él es el único que no guarda silencio en toda la película. Y por ahí va el problema: mientras en « Saluzzi...» también hablaban los parientes y los instrumentos, acá todo suena bastante monocorde. No importa: son sólo 70 minutos.
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