«Todo está bien si termina bien» de W. Shakespeare. Trad.: N. Cervi. Versión y dir.: M. Guerberof. Int.: G. Lerner, C. Peterson,V. Silva, H.Acosta, G. Chantada, C. Da Silva, C. Lipsic y J. Montú. Esc. y vest.: G. Dodero. (Teatro Excéntrico de la 18.)
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Helena, la protagonista de esta historia, arde en deseos por Bertram, conde de Rousillon, y logra obtener su mano gracias a la intervención del rey de Francia, al que la joven logró curar de una grave enfermedad. Pero el orgulloso Bertram prefiere marchar a la guerra antes que aceptar este matrimonio impuesto y huye entonces hacia Italia. Una vez allí intenta enamorar a la joven doncella Diana, sin sospechar que la astucia de Helena logrará superar todas las barreras hasta hacerlo caer en su propia trampa.
A diferencia de otras comedias de Shakespeare, «Todo está bien si termina bien» ofrece un muy dudoso «happy end». De allí, la ironía del título. Nunca queda lo suficientemente claro si Helena es una genuina heroína romántica, inocente y virtuosa, o una mujer ambiciosa, decidida a poseer todo aquello que desea sin medir las consecuencias. Pero, el deseo de Helena es precisamente uno de los enigmas principales de esta «dark comedy».
En manos del director Miguel Guerberof la pieza exhibe sus costados más irreverentes y parece reivindicar, a través del voluptuoso accionar de sus protagonistas -tanto jóvenes como viejos-, el derecho al placer sexual como acto de rebeldía. La obra está inspirada en un cuento del «Decamerón», de Boccaccio, una de las obras cumbres de la literatura erótica; por eso no es de extrañar que la puesta de Guerberof celebre tan lúdicamente el apetito sexual de esta heroína «moderna».
Helena realiza una esforzada peregrinación a lo largo de toda la obra, que le permite acceder por derecho propio a ese status superior del que teóricamente estaba excluida. Sus peripecias están magníficamente realzadas en la escena gracias al buen desempeño de todo el elenco y a la ductilidad con que han sido explotados los escasos elementos escenográficos que participan de la acción.
Cada actor se revela como un histrión con una exquisita capacidad para dar a su discurso una multiplicidad de sentidos y hacer de su cuerpo una sensible caja de resonancia. Los cuerpos se tocan, se transgreden, cambian de sexo en medio de una euforia orgiástica perfectamente ensamblada con el juego actoral.
«Todo está bien...» maneja un humor insolente y por momentos algo procaz, pero el criterio artístico de la puesta permite leer la obra desde una perspectiva erótica, sin caer en la previsible vulgaridad de lo pornográfico.
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