A Rogelio Polesello (1939) no le gusta la palabra retrospectiva para definir su actual muestra en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Es en realidad una progresión que remite al título que le dio a la extraordinaria y abarcativa muestra de 1995 en el Palais de Glace. Como entonces hay un hilo conductor de sus obras en papel de 1959, una manera de juntar ciertos momentos de su vasta carrera artística iniciada en 1958 en los viejos salones de la librería Peuser en la calle Florida.
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La Sala Cronopios se ha convertido en una fiesta visual, en el sentido que Hans-Georg Gadamer da a la palabra fiesta: «tiempo de celebración», «superación y despojamiento del tiempo». Como es habitual en todo lo que realiza este artista, sus presentaciones rozan una perfección voluptuosa y además enfatizan lo fundamental de su estética: «la obra de arte es el prisma que refracta, divide y reconstituye los elementos fundamentales de la visión». Alarde técnico en el tratamiento de la materia, una imaginación que enlaza símbolos pertenecientes al universo de la abstracción geométrica, de la geometría sensible o de la neoabstracción, como quiera llamársela, pero lo que está siempre presente es su fantasía rutilante, su carácter innovador y su temperamento.
Los pequeños grafismos en blanco y negro de fines de los '50 tienen su progresión en las grandes obras de este siglo XXI, cuyos ritmos se ven magnificados, distorsionados, refractados, a través de los célebres acrílicos tallados translúcidos de los '60 y '70 en los que la luz reverbera sobre la materia. Así sucede en «Simun», «Moon Shot», «Fronteras Desplazadas», «Trama urbana», obras recientes con el sello personal e inconfundible que aúnan equilibrio, obsesión, minuciosidad y en las que vuelve a aparecer el gesto que, en realidad, nunca abandonó totalmente.
Algunos de estos cuadros ostentan formas arquitectónicas ondulantes a lo Wright o a lo Gery, negros, blancos espaciales, algún azul que hay que descubrir, una luminosidad intensa en facetas que se desarrollan en otras facetas. En Polesello no hay mensaje, no hay panfleto, no hay búsqueda de identidad u operaciones artísticas cargadas de una literatura ininteligible, sólo el presente pero con más de cuatro décadas dedicadas a la exploración del prisma, un artista que remite la idea aristotélica «acerca del placer que se da en las sensaciones se encuentra el fundamento estético», experiencia que vivirá aquél que visite esta muestra. Clausura el 28 de agosto. • En la Sala C del mismo Centro se exhibe «The Answer in Question», una serie de obras del artista holandés Mark Brusse (1937). Relacionado con artistas argentinos como Seguí, Noé,Vañarsky y Marta Minujin con la que realizó en París a comienzos de los '60 una ambientación revolucionaria para la época, «La Habitación del Amor»: una habitación recubierta de colchones multicolores en la que el público podía entrar, relajarse y soñar.
Todos ellos han escrito textos especialmente para el catálogo en el que también se incluyen los de Pierre Restany y Jean-Jacques Lebel de 1998 y 2002 respectivamente. Radicado en París desde 1960, este holandés errante, según Restany, ha vivido en Nueva York, Berlín, Japón y Corea, visitado Indonesia, Sudáfrica y diversos países latinoamericanos. Ha realizado numerosas obras para los parques de esculturas en Seúl, Francia, Quito y una obra muy significativa como «I Meet You», un verdadero punto de encuentro en granito coronado por un par de suecos en mármol rojo de Languedoc, 6 x 4.5 m., en el Aeropuerto Schipol de Amsterdam.
En su primera muestra individual en Buenos Aires presenta alrededor de treinta obras realizadas en papel Hangi, que descubre en Corea, papel de morera que apoya sobre tela, con témpera, pastel al óleo, pastel graso. La primera mirada revela un dibujo delicado, color asordinado, una atmósfera casi transparente. Sin duda es un artista que ha buceado en saberes tántricos y taoístas, por eso todo parece fluir con naturalidad, un fluir armonioso, con sosiego pero a su vez reticente e inquietante.
Hay presencia de animales en actitudes humanas, árboles que se inclinan con la elasticidad de los humanos. De las figuras salen cordones umbilicales, la palma de una mano encierra una vagina, el corazón que «todo lo escucha» es una imagen recurrente, orejas que están unidas a él, ojos, casi como único rasgo en cabezas apenas esbozadas, una conmovedora interpretación del cuerpo humano a través de su pensamiento, por ejemplo, de la oreja la palabra confusión, del sexo, eternidad. Los cuerpos, las plumas, los corazones, aun los volcanes en erupción resunen levedad, fragilidad. «Cuando un escritor piensa, su espíritu viajalejos», reza un pensamiento taoísta. Las obras de Brusse conducen al espectador a una región en la que las imágenes se prolongan cuando se abandona la sala. Clausura el 15 de agosto.
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