«Fantasía final» («Final Fantasy», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: H. Sakaguchi y M. Sakakibara. Intérpretes virtuales. Voces: A. Baldwin, D. Sutherland, J. Woods y otros.
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Por ahora, la fantasía es más intermedia que final. Con esta película se intentó crear, mediante actores generados en computadora, un efecto de realidad que fuera sorprendente hasta en detalles ínfimos como el vello capilar. Sin embargo, el resultado es paradójico: cuanto más la técnica se propone sortear el puente entre lo virtual y lo real, mucho más resalta el artificio.
En un dibujo animado, la atención del espectador está entregada a lo que ocurre en medio de las correrías y no a cuánto se asemeja Tom a un gato verdadero. Acá pasa lo contrario: el ojo busca apresar cada uno de los muchísimos detalles que separan lo humano de lo cibernético, y en el ínterin se corre el riesgo de no prestarle la atención suficiente a la rebuscada historia de alienígenas del futuro, ciudades «barrera», sueños premonitorios, espíritus capturados y científicos en lucha con los militares de la línea dura.
Cuando la bella Aki Ross discute el plan de salvataje con el doctor Sid, nos distraemos más con los detalles de su hermosa cabellera negra en movimiento, resultado de un imaginario champú virtual, que con el complicado esquema de defensa que ella propone, basado en la recolección de espíritus numerados del uno al ocho que contrarresten las fuerzas del mal a través de una serie de especímenes orgánicos de frecuencia e intensidad equivalentes a los de los invasores. Dan ganas de decirle a Aki, como Goethe, « Sé bella y cállate».
Con toda seguridad, los adolescentes fanatizados con el juego de video «Final Fantasy», que ya va por su edición número nueve, aceptarán sin reservas esta producción. A ellos está dirigida. El resto del público se encontrará, simplemente, con una osadía técnica apoyada en un argumento tan remanido como abstruso, y que por más novedosa que parezca, será rápidamente superada en los próximos años, cuando la técnica empleada para su producción se perfeccione. Esta es una película que, de alguna forma poco explicable, ya suena a vieja apenas estrenada.
En ese sentido, «Final Fantasy» tiene más destino de curiosidad para historiadores del cybercine que de auténtico film pionero en el campo de los actores simulados. Todo lo que se dijo previamente de esta producción, a la vista de lo que está en pantalla, suena más a campaña de publicidad que al hecho de haber dado por fin con el film soñado por los adoradores de las muñecas de goma.
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