John Updike «Gertrudis y Claudio» (Barcelona, Tusquets, 2001, 232 págs.)
El autor centra su interés en el triángulo amoroso formado por el rey Hamlet de Dinamarca, su esposa Gertrudis y su hermano Claudio (luego su asesino) e inventa para ellos un prolongado flashback, rico en emociones, pasiones encontradas y episodios de alto voltaje erótico.
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«Gertrudis y Claudio» comienza con un chispeante duelo verbal entre una Gertrudis de 16 años y su anciano padre, que intenta persuadirla de las virtudes de su futuro marido. Escenas como ésta se repiten a lo largo de la novela y son quizás su mayor acierto, porque permiten revelar los dobleces y contradicciones de sus protagonistas dotándolos así de una conmovedora humanidad. Gertrudis y Claudio -y en alguna medida el rey Hamlet-son criaturas vitales y apasionadas, para bien y para mal. Claudio compitió desde siempre con su hermano mayor, mientras que Gertrudis alimentaba la fantasía de acostarse con su cuñado («el hermano del marido es una persona interesante, aporta otra versión de él»).
El triángulo amoroso parecía entonces inevitable y la novela se ocupa de él hasta el momento en que entra Hamlet en escena. Curiosamente el autor se muestra mucho menos comprensivo con él. Lo considera frío, cruel y destructivo. Hamlet es un muchacho enfermizo y de tempera-mento nervioso al que el amor de su madre le resbala como gotas de agua sobre «una piel recién aceitada».
No es que el autor justifique el crimen de la pareja adúltera, pero ya se sabe que Updike disfruta de las «incorrecciones políticas». Prefirió darle un tinte pasional al asunto y elogiar la gran capacidad amorosa de los ya veteranos monarcas antes que intentar comprender al torturado Hamlet. Claudio y Gertrudis gozan de su absoluta simpatía porque le permiten evocar -sin anacronismos a la vista-el espíritu impetuoso de su propia generación, la de los '60, capaz de destruir todo aquello que obstaculizara sus deseos y en la que el amor, el sexo y la política eran considerados una sola cosa.
Fue a comienzos de esa década que Updike cumplió 30 años (la misma edad que le atribuye a Hamlet en su regreso a Dinamarca), pero para el autor Hamlet no es más que un enervante producto de la posmodernidad. Ingenioso sí, pero demasiado inclinado a la duda, la burla y la blasfemia. Su indiferencia política y ambigüedad sexual desconciertan a todo el mundo, incluido el autor, quien no le perdona su falta de deseo e incapacidad de amar. La novela termina dejando al lector ante la inquietante certidumbre de la masacre que se avecina. Pero ésa ya es otra historia y la escribió Shakespeare.
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