18 de julio 2001 - 00:00

"Velázquez en 'Las meninas' anticipó la realidad virtual"

Pedro Jesús Fernández.
Pedro Jesús Fernández.
Con su ópera prima, «Peón de rey», una intriga política en la Edad Media, Pedro Jesús Fernández se convirtió en inesperado bestseller en su país. En su nueva novela «Tela de juicio» dobló la apuesta: mezcló novela histórica con policial, ensayo de estética sobre Diego de Velázquez con un fondo de literatura fantástica que juega con la realidad virtual. Dialogamos con el escritor español.

Periodista: ¿Cómo surge en un ensayista y profesor de Historia del Arte pasarse a la novela?

Pedro Jesús Fernández: Fue un poco accidental. Aunque siempre me interesó mucho, recién empecé a escribir narrativa a los treinta y pico de años. Me embarqué en «Peón de rey» para aprender, una novela que tenía más tema que trama. Así, poco a poco, fui conociendo las urdimbres del oficio.

P.: ¿Qué cuenta en «Peón de rey»?

P.J.F.: Quise recuperar la vida, lo diario, cómo se comía, cómo sentían las personas, cómo era la realidad en la Edad Media española. Para mostrar eso necesitaba a alguien que viajara por Europa. Sólo había una posibilidad en el siglo XIII, un monje. Alguien que llega indeciso a las cercanías del poder, luego se siente el gran artífice y más tarde se encuentra que lo han manipulado. Quería que no hubiera en el recorrido esa mira-da autoflagelativa que abundó al contar entre nosotros la historia de España. Preferí la autocomplacencia del «vamos a ver qué pasó» y si se mataba, se mataba, y era así. Mi desafío era si podía funcionar en una historia medieval (porque nos olvidamos de las similitudes con el pasado, del peso de la tradición), un juicio semejante al de una película reciente o una escena gótica, con abadía, profanación de tumba, y todo eso pudo encajar. Lo cierto es que aquella novela de iniciación que creía que iba a ser mero ejercicio, tuvo bastante éxito.

P.: Con 15 ediciones cualquiera podría hablar de mucho éxito...

P.J.F.: Eso desde la perspectiva de nuestro territorio...

P.: ¿Ese éxito inicial lo impulsó a escribir «Tela de juicio»?

P.J.F.: Esa novela la tenía medio pensada, pero deseaba que estuviera muy construida, que la estructura fuera sólida. No podía preguntarme en la página 79 si el protagonista tenía los ojos castaños o verdes, o haberme olvidado ya de ese dato. Si no lo tenía claro era que se me estaba diluyendo, o tenía la sensación de que no estaba abarcando lo suficiente mi historia.

P.: Ese propósito hace pensar en novelas, sobre todo las del siglo XIX, que parten de un personaje y su autor sabe todo...

P.J.F.: No es tan así, pero hay cosas de la novela del siglo XIX que me interesan mucho. Me resulta más interesante la señora Bovary pensando en sus temas, mien-tras el mercado está caminando enfrente, que algunos facilismos cercanos. Me he educado con esa literatura y no renuncio a esos autores, estoy encantado de tenerlos como parte de mi patrimonio. A mí me dejó más huella «Madame Bovary» que «En busca del tiempo perdido», dos novelas en cierto punto similares, aunque parezca más políticamente correcto mencionar a la de Proust. No siento que tenga que renunciar a nada. Y a mí me interesa hacer que el lector se implique de alguna forma en la lectura.

P.: ¿De dónde surge su necesidad de implicar al lector?

P.J.F.: Creo que vivimos una época bastante arrogante. Estamos convencidos de que hemos descubierto todo y que la mayor parte de los debates están más que planteados. Diego de Velázquez planteó hace 350 años un discurso mediante el cual lo que él quería era implicar al espectador en su cuadro, a eso ahora le llaman realidad virtual. Me parece bien ese nuevo nombre, pero no hemos inventado la realidad virtual. Estoy harto de gente descubriendo el Océano Atlántico. Nuestro gran Borges decía que cuando no se copia a los demás, uno se copia a sí mismo. Acaso por eso me ponen nervioso esos debates acerca de la creación. Yo no me inscribo en esos foros, intento averiguar algo de dónde provengo, preciso contar miles de cosas que me interesan, pero un poco como gallina de corral, picoteando.

P.: Tiene predisposición a la novela histórica, aunque en «Tela de juicio» sumó, entre otras cosas, la investigación estética.

P.J.F.: Me gusta la historia, aunque creo que nos la han contado muy aburrida. Eso no es problema de la historia, sino de quiénes nos la contaron. La gente está interesada por el ayer, por conocer un poco mejor sus raíces de un modo que casi nadie lo cuenta, porque en general se habla de la gente del pasado como si se tratara de animales disecados. Ahora hay un grupo de escritores que estamos reivindicando las historias. No sólo en el sentido histórico, sino en el de sus anécdotas.

Son los que intentamos que el diálogo sea la forma de conocer los personajes y no que haya un autor omnisciente, que dice que debemos pensar en cada página. Aún hay mucha literatura autorreferencial, onanista. Mucho autor que cree que su vida es interesante; pues la mía no lo es. También hay demasiado escritor entregado a explicar cómo son sus personajes y que no quiere dar oportunidad al lector que lo descubra a través de su relato. Eso fastidia a cualquiera. Y nada tiene que ver con la novela histórica. Si se repasa a grandes autores de la literatura española de los siglo XIX y XX, de Valle Inclán a Unamuno, de Pérez Galdós a Torrente Ballester, se ve que escribieron novelas históricas apasionantes e inolvidables. Vamos, que no estamos descubriendo ese género literario ahora.

P.: «Tela de juicio», además, tiene una intriga policial...

P.J.F.: Me gusta mucho la novela negra. Me ha marcado más Raymond Chandler que otros autores considerados más prestigiosos, pero que me deja-ron menos huella. En la novela negra es el lector quien va sacando sus propias conclusiones. Esa línea del suspenso me resulta valiosa para construir, hace que el lector participe y se interese en la trama de la novela. Siempre me parecerá una magia espectacular que alguien pase en un libro de una página a otra, es algo que no tiene precio. Por mi parte, escribo para que la gente me lea; si lo hiciera sólo para mí, dejaba lo hecho en un cajón del escritorio.

P.: ¿Qué buscó plantear en «Tela de juicio»?

P.J.F.: Quería recuperar el viejo debate entre lo real y la representación, entre la ficción y lo real. ¿Qué es lo real? ¿Dónde está la realidad? Ese fue el tema. Quería especular sobre eso y convertirlo en un relato que pudiera ser atractivo.

P.: Así se encontró con alguien a quien había estudiado y sobre quien había escrito: Velázquez, y su cuadro «Las meninas».

P.J.F.: Ese cuadro a mí, como a tanta gente del mundo, me fascinó. Tuve durante años el privilegio de trabajar en el Museo del Prado y tener con esa obra una relación cotidiana. Un día viendo «Las meninas» pensé que sería muy bonita una historia que se solucionara en el espacio oculto de ese cuadro. O que tuviera un elemento fundamental que se desarrollara en ese espacio que Velázquez ocultó porque quería imponer un enigma al espectador. Ese espacio oculto es el que cubre el lienzo que está pintando. Mirando el cuadro, están Velázquez, las meninas, un perro; en el fondo: una pared y una habitación, a nuestra derecha otra pared y el techo, pero la pared que está a nuestra izquierda no la vemos, la cubre el pintor y el cuadro que pinta. Velázquez retrató con una minuciosidad absolutamente exquisita todo lo que había allí. No tenía obligación de eso, y lo hizo. ¿Por qué? ¿Y por qué ese espacio que nos impide ver?

P.: Y que usted invita a ver hasta en imágenes...

P.J.F.: Con unos amigos reconstruimos por computación toda la habitación y, como el inventario del palacio está, fuimos colocando las cosas en su lugar. Eso me impulsó a intentar jugar con cosas con las que Velázquez jugaba: dos realidades, los espejos, nuevos caminos. Y que eso, a su vez, sirviera para la investigación de qué había pasado y dónde podía estar una persona desaparecida que sabía mucho de la obra de Velázquez, y qué pasaba con una obra que se atribuía a Velázquez y podía no ser de él. Así la novela por una parte ocurre en el siglo XVII y otra, las más importante, en nuestros días.

P.: ¿Su obra es realismo mágico o literatura fantástica?

P.J.F.: Con el realismo mágico lo he pasado bien leyéndolo, pero no creo que tenga nada que ver con él. No se me da por la opulencia paisajística. Por más que desde hace tiempo estoy viviendo en México, y allí escribí esa novela, no pretendo impostar voces que no me salen. En todo caso tengo más que ver con la literatura fanática, con plantear la otra cara de la realidad. No podía evitar, por tanto, hablar de los abominables espejos, como los define Borges poniendo las palabras en boca de Bioy Casares, ni del poder de las gemas, ni del saber de los emblemas que tantas claves dan del pasado.

Vivimos en un mundo repleto de emblemas que no tomamos en cuenta más allá de su información. Me da rabia cuando en un museo alguien se detiene frente a una tacita de porcelana porque se ha convertido en un objeto bello, y no tienen ya en cuenta que servía para beber café. Y está muy bien que haya sido recuperada como un objeto bello, que goce con ello, pero además servía para beber.

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