Madrid - La exposición más visitada y comentada en este momento en Madrid, es «Vermeer y el interior holandés», en el Museo del Prado, que presenta obras del gran maestro de Delft y varios de sus contemporáneos. De gran reputación durante la vida del artista pero olvidada luego de su muerte, la obra de Johannes Vermeer (1632-1675), fue recuperada en 1866, por el historiador de arte francés Etienne Joseph Thoré, quien reunió 74 pinturas, posteriormente reducidas por una crítica más estricta, a 32 autentificadas.
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En el siglo XVII, durante el gran desarrollo del comercio exterior en Holanda, su rica burguesía se inclinó por el gusto de la pintura de género, espacios interiores que alcanzaron una notable popularidad. En la mayoría de las escenas, representaron hogares burgueses refinados, en los que se destacan la intimidad y la familia. Por ello, al cobrar importancia la vida privada, la figura de las mujeres adquirió protagonismo, tanto en su papel como amas de casa o en actitudes amorosas. Vermeer se destacó por su excepcional representación de la realidad cotidiana.
Su maestro fue Carel Fabritius (1622-54), un artista de Delft, brillante discípulo de Rembrandt. Fabritius se había interesado especialmente por los fenómenos ópticos y la precisión visual. El mecenazgo del coleccionista Pieter Claesz van Ruijven (1624-1674), y el apoyo económico de María Thins, con cuya hija Catharina Bolnes, Vermeer se había casado en 1653, fueron fundamentales en el desarrollo de su carrera. Influido por los pinto-res tenebristas de Utrech, las primeras obras de Vermeer, se refieren a temas mitológicos y bíblicos. «Cristo en casa de Marta y María» (c.1654-55) son un ejemplo del barroco de ese tiempo.
Pero hacia 1657, inició la búsqueda de la luz y el espacio en sus pinturas de interiores. Eliminados los vestigios tenebristas, la luz natural que entra por una ventana o una puerta lateral ilumina los interiores de sus telas. En «Lectora en la ventana» (c. 1657), Vermeer se centra en el estado psicológico de la escena. Pertenece a un conjunto de obras en las que el rincón de una sala se ilumina desde una ventada ubicada en el sector izquierdo de la tela. Eximio dibujante, perfeccionista en el uso del color, fue un virtuoso, en confundir al espectador con el espacio real y el inventado.
Sólo dos obras de Vermeer tienen fecha cierta. Pero los historiadores coinciden en ubicar una serie de interiores con figuras en los años 1658-62; y luego otra, con una sola figura, en 1662-64. Entre estas últimas, una de las más conocidas es «Mujer con una balanza» (c.1664), donde una joven de rostro apacible sostiene una balanza vacía, que contrasta con monedas de oro ubicadas sobre una mesa y un cuadro del Juicio Final que aparece como fondo sobre una pared de la sala. «Mujer con collar de perlas» (c.1664) es una escena íntima que se caracteriza por la actitud estática y contemplativa de la protagonista, sosteniendo un collar mientras se observa en un espejo. Tanto por su tamaño como por su sentido alegórico, «El arte de la pintura» (c.1666-68) es la obra paradigmática de Verme er. Un pintor retrata a su modelo que se ha identificado con Clío, la musa de la Historia, y tiene una corona de laureles y sostiene un libro en una mano, y en la otra una trompe-ta. Un águila bicéfala en la parte superior de la lámpara colgante simboliza la dinastía de los Habsburgo, que gobernaba en las provincias del sur de los Países Bajos.
Menos detallista es Vermeer en sus últimas obras, realizadas entre fines de los 60 hasta su muerte. El tema del amor está presente en «Dama al virginal» (c.1670-73), cuya escena incluye a Cupido en una tela ubicada detrás de una mujer junto a un virginal, instrumento de teclado de la época parecido a un clave. Vermeer representó aproximadamente cuarenta mujeres, sólo doce hombres y nunca un chico.
En el Museo del Prado, hasta el 18 de mayo, se exponen también escenas de la vida cotidiana pintadas por otros artistas holandeses del siglo XVII. Aunque los vínculos no hayan quedado documentados, salvo con Gerard Ter Borch (1617-1681), a quien había conocido en 1653, es indudable que hubo contactos personales con Pieter de Hooch (1629-1684), Nicolaes Maes (1634-1693), Gabriel Metsu (1629-1667), Gerard Dou (1613-1675) o Jan Steen (1626-1679).
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