1 de noviembre 2004 - 00:00

Viaje artístico a Berlín (sin tango en la valija)

Marcos López, «Mártir», fotografía enmarcada, 100 cm x 100 cm, Buenos Aires, 2002.
Marcos López, «Mártir», fotografía enmarcada, 100 cm x 100 cm, Buenos Aires, 2002.
"Notango Postberlin", la muestra de artistas argentinos que acaba de regresar de Alemania, se presentó la semana pasada en La Bibliothèque, pequeño espacio que la curadora de la exposición, Dudu von Thielmann, abrió en una casa estilo conventillo de la calle Uruguay.

El patio de la elegante vecindad, compartido por Jean Louis Larivière, la galerista Sara García Uriburu y otro par de vecinos distinguidos, sirvió para albergar a los casi 500 invitados que llegaron al vernissage. Las obras que se exhiben en Buenos Aires conforman apenas una pequeña parte de la muestra que se realizó en Villa Elisabeth, una espaciosa casa ubicada en el barrio Mitte, donde los argentinos tuvieron la oportunidad de trabajar durante un mes con sus pares alemanes. Ahora, si bien la exposición porteña es reducida, las obras permiten evaluar la interesante selección.

Entre los que participaron de «Notango» figuran artistas ya conocidos, como Marcos López, Facundo de Zuviría, Manuel Esnoz, Karina el Azem o Nicola Constantino, pero predominan los jóvenes como los que integran el grupo DOMA, Alejandro Ros, Esteban Pastorino, Fabiana Imola, Flavia da Rin, Gabriel Rud, Matias Duville, Miguel Mitlag, Liniers, Sandro Pereira y, entre otros, Julio Chaile y Sebastian de Ganay.

El envío fue lo más significativo del arte argentino durante encuentro Berlín-Buenos Aires, sobre todo si se tiene en cuenta la paradoja de que la exhibición «Identidad», dedicada a exaltar la memoria y realizada por 13 artistas y las abuelas de Plaza de Mayo, es una muestra uniforme de retratos de padres desaparecidos durante la dictadura, donde resulta imposible identificar el estilo de los artistas que la integran.

En la muestra «Notango», desde las enruladas abstracciones en metal de Imola, hasta las imágenes casuales de Da Rin, o las heladas fotografías de Mitlag, pasando las señales de El Azem o por la conmovedora figura de un niño de Pereira (que inspira franca ternura con su gesto de estupor), cada una de las obras ostenta la peculiar sensibilidad del autor.

Aunque la muestra se llama «Notango», pues la intención de Von Thielmann fue demostrar que el arte argentino no es sólo folklore, exotismo y tipicidad, López (fotógrafo rebelde y talentoso como pocos), presentó «Mártir», la imagen de un morocho argentino con un cuchillo clavado en su pecho que oscila entre la tragedia y el humor. La obra, plagada de resonancias, resume los rasgos esenciales del tango, evoca el espíritu de los cuchilleros de Borges, pero además se puede interpretar como un gesto político que, en este caso, no hace más que exaltar la identidad tan peculiar del artista.

Hace unos años la revista española
«Lápiz» publicó un celebrado ejemplar sobre el arte de nuestro país, que culminaba con el artículo «No más tangos, por favor», de Rosa Olivares. El texto señalaba las carencias del sistema local, pero nadie podía obviar la posición de superioridad que subyacía bajo su petulante reclamo. En esos años (cuando el intendente Ibarra soñaba con abrir una sucursal del Guggenheim o del MoMA en Buenos Aires), el pedido de la crítica española no sonaba tan ajeno. Otros tiempos, otro país. Ahora, un artista como López demuestra que no es preciso adherir a la estética global, que se puede hacer arte político sin caer en la obviedad y hasta demandar más tangos.

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