Medio siglo atrás, el cine argentino de largometraje conoció el color. Días pasados, una audiencia moderna pudo apreciar el primer clásico argentino en colores, proyectado en pantalla grande en óptimas condiciones técnicas. A falta de una sala o institución oficial interesada, el Malba presentó el reestreno de «El último perro» de Lucas Demare. En ausencia de una política oficial (nacional, provincial o porteña) al respecto, el mayor trabajo de recuperación del patrimonio fílmico argentino quedó en manos privadas.
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Ya hace años que Aprocinain, entidad formada para lograr la aprobación de una ley que proteja el patrimoio fílmico local, recupera clásicos de todo tipo y calibre. Formada por un grupo heterogéneo de gente de cine (críticos, técnicos, cineastas, coleccionistas), Aprocinain acaba de demostrar que puede lograr lo imposible en términos de recuperación de material fílmico: nadie los podría culpar por la falta del quórum necesario para lograr la aprobación de la ley de preservación del cine nacional presentada hace tiempo por Fernando «Pino» Solanas en el Congreso.
En todo caso, a 47 años de su realización «El último perro» tuvo un reestreno de lujo, único en la historia de las películas nacionales con fotografía en colores. Fotografía que muchas veces se vio en blanco y negro -o en tristes versiones descoloridas-en la pantalla chica. Sin sus colores originales, nadie podía entender lo buena que era esta película. Sin el trabajo de todas estas personas y empresas, no podríamas apreciar una película imperdible.
Luego de sus formidables westerns criollos «La guerra gaucha» y «Pampa bárbara», Demare filmó en colores su nuevo aporte a esta excepcional trilogía. Luego de la producción de la 20th Century Fox «The Way of the Gaucho» de Jacques Tourneur, rodada en Technicolor en nuestras pampas, Lucas Demare debió asegurarse que sus gauchos cromáticos estuvieran al servicio de los conflictos dramáticos de un argumento sólido, reemplazando el colorido gratuito de «Down Argentine Way» por una representación naturalista y creativa de la pesadillesca existencia en una posta de los tiempos de la Campaña del Desierto. El resultado fue algo único, que hoy ningún director argentino sabría cómo filmar -salvo Leonardo Favio-, tanto por lo auténtico de su reconstrucción de época como por las complejas escenas de incendios, estampidas de ganado, orgías tehuelches de sexo y alcohol y mucho más, incluyendo lo que podría ser considerado como uno de los escasos momentos creíbles y alejados del kitsch de danzas folklóricas en el cine argentino (escena de tensión sexual y violencia contenida mezcla de de los habituales bailes de los westerns de Ford y el estresante fogón de Soffici en «Viento Norte»).
Nunca se vieron indios tan fieros, borrachos y lascivos -¡ indios trompetas!»-, ni tamañas confrontaciones entre engrupidos pasajeros de diligencia y subvaluados «hijos del país». La muñeca que pasa de mano de huérfana adulta a huerfanita casi profetiza la Argentina que vendrá, igual que la mentira elaborada para limpiar una traición, o el desquiciado frenesí final provocadopor la doble moral y la mentira.
Durante la presentación del film, Robert Bernardis, Hernan Gaffet y Fernando Martín Peña -la plana mayor de Aprocinaincoincidieron en agradecer el trabajo de laboratorio de Alberto Acevedo para lograr una primera copia de tan alta calidad. Un diálogo con el gerente de fotografía y principal colorista de Cinecolor permite entender lo difícil de la tarea. «Sin registros sobre el film, sin poder hablar con nadie que haya participado de la producción ni que tenga un recuerdo fiel de cómo lucía la película hace casi medio siglo, no queda otro camino que apelar a la intuición y el olfato», explicó Acevedo. « Utilizando el videoanalizador para la imagen y el densitómetro para el sonido, intentamos potenciar lo que cada escena pide naturalmente, intentanto un trabajo que traduzca en términos contemporáneos el trabajo de Demare». Esta traducción puede entendersecomo corregir al máximo las escenas de noche americana ( exteriores noches filmados con luz día y oscurecidos en laboratorio), que lucen más eficaces que en la mayoría de los westerns hollywoodenses de la época.
La función inaugural de «El último perro» en el Malba no contó con la presencia de un solo miembro de las dos asociaciones de críticos vernáculos, pero al menos Guillermo Alamo, de la Asociación de Cronistas coordinó la presencia de las chinas más sexys de nuestras pampas, Nelly Panizza y Nelly Meden, aplaudidas por todos los presentes. Tampoco a ningún funcionario del INCAA le interesó asistir a esta función, aunque su auspicio tácito permitió que varias empresas privadas apoyen el máximo triunfo, lamentablemente póstumo, del factotum e ideólogo del mayor acto de recuperación de nuestro patrimonio fílmico: Octavio Fabiano, fundador de Aprocinain y Filmoteca de Buenos Aires.
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