"Winnie pooh y el pequeño efelante"

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«Winnie Pooh y el pequeño efelante (Dir.: Frank Nissen. Dibujos animados. EE.UU., 2005, dobl. al español.)

Aparece, especialmente para los niños de preescolar y primeros grados, un nuevo cuento con los personajes del plácido Bosque de los Cien Acres, es decir el osito Winnie Pooh y sus amigos. O sea, una nueva ocasión para apreciar los lindos fondos de acuarela habituales en esta serie de cuentos y sus versiones cinematográficas, siempre más bonitas que las televisivas. Y todavía más tranquilizadoras.

Acá esto último se aplica doblemente. Primero, su ritmo evita que cualquier criatura salga eufórica de la sala, pateando las butacas, como suele ocurrir con otro tipo de películas para niños. Y, sobre todo, su tema, justamente va encaminado a apaciguar miedos infantiles y familiares.

El cuento es simple. Una mañana nuestros personajes oyen cercanos bramidos, ven grandes pisadas, y entran en pánico. Se trataría de una invasión de un gran animal del bosque inmediatamente vecino. Pequeña digresión: a cualquier padre o hermano mayor le entran acá ciertas dudas, sobre detalles que el libretista no parece haber tenido en cuenta: ¿cómo hizo semejante bicho para cruzar el cerco sin romperlo? ¿qué anduvo haciendo en tierra ajena, y para qué? ¿y por qué es el conejo quien lo bautiza como «efelante»?

Ese error es comprensible en el tigre, que como todos sabemos cultiva alegremente la dislalia. A menos que en este caso (y es muy posible) el conejo tampoco sepa bien de qué está hablando. O que los proboscidios rosados con un pompón de plush a modo de cola como el que aquí veremos respondan nomás al nombre de efelante. En fin, sigamos, rumbo a la aventura: los nuestros van al bosque vecino a capturar un efelante. Hay que ver cómo se preparan para la «ex-perdición», como dice el cangurito, qué torpezas cometen, y qué buenos son, al final, el efelantito y su mamá efelanta.

Por ahí viene la previsible y bonita moraleja. Y también otra, bien para los mayores, acerca de animales medio paranoicos que en el nombre de su bosque invaden el vecino, para imponerle sus leyes a criaturas que ni conocen.
«In the Name of the Hundred Acres's Wood/What do you do?», canta Carly Simon, bien al final de los créditos. Demasiado al final, cuando, hasta caminando despacio, ya todos han despejado la sala.

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