13 de agosto 2003 - 00:00

"Ya no sé distinguir lo que viví de lo que leí con pasión"

Margo Glantz
Margo Glantz
C on su novela «El rastro» la prestigiosa escritora mexicana Margo Glantz resultó finalista en Barcelona del XX Premio Herralde, tras «El mal de Montano» de Enrique Vila-Matas. Académica y periodista Margo Glantz, famosa internacionalmente por sus estudios sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ha construido una obra absolutamente personal y claramente diferenciada entre las narradoras latinoamericanas. En «El rastro» un velorio le sirve para forjar un calidoscopio de recuerdos que busca restituir la figura de un hombre. Dialogamos con Glantz en su breve visita a Buenos Aires.

Periodista:
¿No temió que escaparan los lectores de una novela que, no siendo un policial, habla del corazón y la muerte?

Margo Glantz: Da miedo, pero no hay más remedio que hablar del tema. Yo no busco escribir algo que a la gente le vaya a gustar, por eso dicen que mis libros son difíciles, que no es común que una mujer escriba de esta manera.


P.:
¿No se une a las latinoamericanas que hacen bestsellers?

M.G.: Nunca aspiré a ser bestseller.Yo no podría narrar como Isabel Allende, Angeles Mastretta o Laura Esquivel. Son amigas mías pero practican una escritura muy diferente. El bestseller no es de mi sensibilidad ni de mi intención. Me siento más emparentada con Sergio Pitol -autor de culto que se convirtió en atractivo internacional-que con Carlos Fuentes.


P.:
¿Por qué tomó un tema tradicional como el de un entierro?

M.G.: Pensé que podía relatarlo de modo diferente, volverlo personal. Sabía que era un tema trillado por el que habían pasado el Faulkner de «Mientras yo agonizo», el Joyce de «El velorio de Finnegan» y la Virginia Woolf de «Señora Dalloway». Quise replantearme una serie de problemas de la forma de la escritura con relación a la música, la pintura y la propia escritura. Me basé en mis estudios sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Ella tomó un molde fatigado, el del soneto, para renovarlo. Recordé que Flaubert confesó que en una novela se sentía trabajando sobre un cabello suspendido en el doble abismo del lirismo y la vulgaridad, y me propuse trabajar un sentimentalismo que colinda con lo cursi, lo popular, lo kitsch y lo culto, buscando volver eso en un objeto artístico, romper los límites sin romper la estructura.


P.:
Así va relacionando recuerdos de la narradora sobre el hombre que amó con la medicina, la literatura y la música.

M.G.: Partí del «corazón roto», en sentido vulgar, metafórico y científico. El tema va pasando por variaciones como las Goldberg de Bach, las de Diabelli por Beethoven y tantos otros. Allí surgen ritornellos y estribillos que funcionan como un ritual. Así paso de «la vida es una herida absurda» del tango «La última curda» a la Natasha de Dostoievski arrojando dinero a la chimenea.


P.:
El tango, el Colón, Barenboim, Favaloro, ¿por qué tanta Argentina en su novela?

M.G.: Escuchaba tango a los diez años. Estuve casada con argentinos. Tengo una hija medio argentina. Cuando no podía escribir siempre tenía un libro de Borges a mi lado como una especie de fetiche. Además, he venido varias veces a dictar cursos en la Universidad de Buenos Aires.


P.:
¿Cómo construyó esta novela a la vez breve y extensa?

M.G.: Trabajando, acumulando datos. Busque fundir, sin que se notaran las aristas, lo narrativo con lo ensayístico. Fui construyendo, agregando fragmentos, puliendo, introduciendo personajes. «El rastro» tiene mucha referencialidad, mucha intertextualidad, una sensibilidad contemporánea.


P.:
¿De allí las relaciones que establece con escritores como Thomas Bernhard, W. G. Sebald y Claudio Magris?

M.G.:Uno no sabe distinguir lo que ha vivido de lo que ha leído con apasionamiento. Esos escritores, que admiro, evidencian una sensibilidad que hoy se va definiendo. Bernhard me importa porque en una época dominada por el mercado estuvo ausente de complacencias por las cosas de su tiempo, no queriendo contentar a nadie se hizo un lugar central en las letras. Sebald surgió fulgurante y murió dejando cuatro libros extraordinarios. Como Bernhard, trabajé de otro modo, con las Variaciones Goldberg de Glenn Gould, me interesó el problema técnico de cuál es la verdadera interpretación, más lenta, más rápida, etcétera. Busqué condensar los tiempos, manejar muchos registros de diferente orden, tanto en voces como en el fluir de la conciencia o en reflexiones teóricas. Como Sebald intenté que mi obra alcanzara una circularidad.


P.:
¿Cómo ve hoy nuestras literaturas?

M.G.: Antes, la mexicana y la argentina estaban bien colocadas, había vasos comunicantes en América Latina; ahora tenemos que pasar por España para ser conocidos, es pavoroso. Hay grandes autores que quedan envasados en sus países. Algunos logran romper con esto, como en México los muchachos de «El crack», con Jorge Volpi a la cabeza. Es lo que ha logrado una película como «Amores perros», que une una estética bella y perturbadora con una historia de amor inusitada.

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