6 de septiembre 2006 - 00:00
"Ya publicaré la novela que me censuró Isabel Allende"
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«No quiero
competir con
Isabel Allende
sino con
Dashiell
Hammett o
con Raymond
Chandler y, en
todo caso, con
Grisham»,
explica William
Gordon.
W.G.: Esto de escribir me viene de lejos y no por ser el marido de Isabel Allende. Mi padre fue escritor, y hasta creó una secta religiosa. Cuando me recibí en la facultad me preguntaron a que pensaba dedicarme, contesté: a ser abogado y a ser escritor. Ese proyecto de convertirme en novelista hizo que coleccionara muchas historias durante mi vida. Una fue la que me llevo a escribir «Duelo en Chinatown». Hace unos cuarenta años leí en una nota de «The New York Times» que contaba que había encontrado tirado en una alcantarilla un tipo con esmoquin que resultó ser un vago. Lo llevaron a un hospital pero no pudieron salvarlo porque se le había reventado el estómago de comer a diario caviar. Después descubrieron que vivía en los desagües, y que robaba invitaciones para los grandes eventos sociales de la basura de una imprenta. Así fue que de comer caviar y tomar champagne todas las noches tuvo el colapso. A partir de esa historia escribí el cuento «Todo lo que se pueda comer». Mis amigos, mi agente, me dijeron porque no hacia una novela con eso. Y Isabel me planteó algo que era obvio y que hasta ese momento yo no había tomado en cuenta: Vos sos abogado, tenés experiencias en miles de casos, leés libros sobre técnicas forenses por puro placer, ¿por qué no usás todo eso? Tenía mi experiencia en la corte, en estafas y crimenes, no tenía que investigar nada, podía inventar lo que quisiera sin temor a equivocarme.
P.: ¿Y entonces que hizo?
W.G.: Ese cuento se convirtió en el primer capítulo. Luego dejé crecer la historia y fueron surgiendo, además del supuesto magnate, un periodista humilde y absolutamente depresivo que investiga el caso, hombres de negocios, tráfico de arte, crímenes y mujeres fatales.
P.: ¿Por qué ese policial transcurre en los años '60?
W.G.: No quería que hubiera ni computadores, no teléfonos celulares, ni estudios de ADN. No queria nada moderno, queria resolver el caso como resuelvo los casos legales. Queria que se fuera como los hacían Sherlock Holmes o Perry Mason paso a paso. Dickens tiene al respecto un dicho delicioso sobre los lectores, que es una verdadera inspiración para todo escritor: «hágalos reír, hágalos llorar, pero sobre todo hágalos esperar». Busqué que mi novela tuviera suspenso, tensión, que la investigación avanzara poco a poco, y que, fundamentalmente, fuera entretenida página a página.
P.: ¿Fue para darle color local que usó como escenario a Chinatown?
W.G.: El protagonista pobre iba a comer allí porque es más barato, como el ladrón de invitaciones se iba a Beverly Hills porque se come más caro. Y ahí se encuentra con el dueño de una tienda, un chino completamente albino que me sirvió para mostrar las diferenciasculturales, y para entraren otra zona de los policial.Además, como en todos mis libros, están los latinos.
P.: ¿Se considera un escritor tardío?
W.G.: Mi padre, como le dije, era escritor y artista. Escribió un libro, «El plan infinito», que le permitió inventar una religión que predicó por todo sudoeste de los Estados Unidos. Vivimos varios años de eso. Esa es otra novela que tengo para escribir. De repente, mi padre se murió cuando yo tenía seis años. Mi madre se deprimió mucho y no supo qué hacer, pero nos ayudó la amante mexicana de mi padre, que era su asistente y que era una bruja que hacía magia negra. Nos puso en Los Angeles, donde ella era propietaria de muchas casas y hasta nos dio una renta mensual. Bueno, mejor esta historia la leerá en una próxima novela de William Gordon (ríe). Todo esto viene a que el interés por la ficción me viene de lejos, y sí recién ahora llegué al libro. Yo tenía en la sangre que quería ser escritor. Pero no pude serlo hasta que logré tener el tiempo necesario para escuchar las voces de los personajes. Isabel me enseñó que para ser escritor se necesita poder escuchar las voces de los personajes y que para eso se necesita silencio. Esa era una disciplina que no tenía y, se descubre que es así, sólo después de experimentarla trabajando largo tiempo en una novela.
P.: ¿Le ayudó a publicar esta novela ser el marido de Isabel Allende?
W.G.: Me dio amistades. Juan Pascual, el editor principal de Ediciones B, es amigo mío. Cuando pasó de Plaza & Janés a Ediciones B me escribió diciéndome que quería publicar un libro mío de fotos, porque yo además soy un buen fotógrafo. Le envié el manuscrito de «Duelo en Chinatown» con estas líneas «olvídate de las fotos y lee esto». Se enganchó con el policial que había escrito y ahora ando por el mundo presentándolo. No fue el único en interesarse, ya tengo ocho editores en distintos idiomas.
P.: ¿Salió ya en los Estados Unidos?
W.G.: Aún no, pero los editores norteamericanos son muy necios, andan buscando «jóvenes valores» porque calculan la cantidad de libros que pueden sacar. Hacen cálculos para mí absolutamente incomprensibles.
P.: ¿Qué va a publicar ahora?
W.G.: Un nuevo policial que se llamará «El rey del bajo fondo».
Entrevista de Máximo Soto




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