4 de abril 2007 - 00:00
"Yo no soy un censor ni un plañidero del idioma"
-
La nueva película de Netflix grabada en la Cataratas del Iguazú que se convirtió en la más vista de la plataforma
-
Con un regreso triunfal: Netflix estrenó la nueva temporada de una serie muy esperada y popular
El autor del
«Diccionario
sohez» (a la
izq.
caricaturizado
por Gusi
Bejer) dice
que dejó la
«h» en esta
palabra, «no
por frivolidad»,
sino «para
volver a los
orígenes» y
también «para
tener una
equivalencia
castellana de
argot’ o
slang’».
D.C.: La Academia tiene los mejores diccionarios. Esperemos que en la próxima edición añadan una acepción más, apoyada en mi aporte.
P.: Por cierto, ¿qué añade su Dicccionario al de la Real Academia Española?
D.C.: Mucho vocabulario que ha tenido que quedarse fuera del de la RAE. El mío es, además, una antología del habla cotidiana y familiar que aportan las citas literarias, periodísticas y orales, que es lo mejor de mi trabajo de recopilación.
P.: ¿Cómo lleva ser el hombre que más palabras soeces conoce?
D.C.: Conozco pero no sé. Yo también consulto mi Diccionario sohez. Ante el idioma debemos tener humildad.
P.: ¿Y en qué «garitos» se ha documentado?
D.C.: Literatura, periódicos, el fichero de la Real Academia, películas, comics, la televisión, la radio. Todos los medios que demuestren que el vocabulario que incluyo está vivo y se emplea.
P.: ¿Ocho mil quinientas palabras soeces son pocas o demasiadas?
D.C.: Ni pocas, ni muchas: es el contexto, el quién, el dónde y el cuándo las usamos. El vocabulario soez representa un buen porcentaje de nuestra comunicación habitual y está siempre renovándose. He incluido lo que he conseguido documentar fehacientemente. Pero hay más por ahí.
P.: ¿El español es un idioma especialmente soez, o algún otro nos supera?
D.C.: El español es un idioma como cualquier otro, que refleja la sociedad que lo utiliza. ¿Son los hispanohablantes más desenfadados que los anglosajones? Habrá respuestas para todos los gustos. Todos somos una autoridad en « nuestro» idioma, que para eso somos nativos. Y opinamos. Sepamos o no.
P.: ¿Cuál es el escritor clásico peor hablado?
D.C.: Siempre se cita a Quevedo. Pero creo que lo que hacía es llamar a las cosas por su nombre, y si eso es ser malhablado...
P.: ¿Y el contemporáneo?
D.C.: Carlos Pérez Merinero, cuya novela «Días de guardar», que recomiendo, fue una mina. Creo que entresaqué 350 citas, muchas de ellas graciosísimas.
P.: ¿Qué añade su obra al «Diccionario Secreto» de Camilo José Cela?
D.C.: Se amplía mucho el vocabulario y la fraseología. Mi título fue sugerencia de don Camilo, quien me animó a terminar mi trabajo y a quien se lo dedico.
P.: ¿Las palabras soeces son mejores o peores que el microlenguaje de los SMS?
D.C.: No, son otra forma de comunicación. Los SMS demuestran que con menos podemos comunicar más.
P.: ¿Ha pensado en hacer un Diccionario Panamericano de palabras «soheces»?
D.C.: Sé mis limitaciones. Un diccionario panhispánico requeriría expertos de más de 20 países. Expertos de verdad, no simples nativos de Perú, Argentina o México. He incluido algunas voces y expresiones americanas pero las estándar. Esto es un pozo sin fondo.
P.: ¿De todas las palabras que en Hispanoamérica resultan soeces y aquí son normales o viceversa, cuáles son sus favoritas?
D.C.: La mejor es la acepción argentina de «coger», por follar. En México oír «culo» sorprende. Pero es cuestión de uso. Las palabras no son, en sí, ni buenas ni malas.
P.: También es autor de un «Diccionario de Clichés o Lugares comunes»: ¿son más graves que las palabras soeces?
D.C.: Mucho más. Son como un virus que corrompe el pensamiento y que nos ofrece la salida rápida para expresar una idea y evita que seamos directos y novedosos. Pero allá cada cual, que yo no soy censor ni plañidero del lenguaje.
P.: Hablando de clichés, ¿elabora sus diccionarios «a marchas forzadas»?
D.C.: Los elaboro obsesivamente. Trabajo solo, sin ayuda, a Dios gracias, y tengo que hacerlo en cualquier momento. Las 24 horas del día dan para poco y hay que aprovecharlas. Si leo el diario, subrayo; si oigo a alguien, pregunto y anoto. Y todo como estudioso que quiere aprender, no como experto, que no lo soy.
P.: ¿Qué lo hace poner «el grito en el cielo»?
D.C.: Las cantinelas de que el idioma está en peligro, que el castellano se va al garete, que hay un empobrecimiento de la lengua. Todo esto expresado por plañideros llorones que no quieren que el idioma cambie ahora y se quede tal como está.
El imposible. ¡Que arreglen el sistema educativo!
P.: Sus colegas filólogos, ¿»se hacen eco» de su obra con entusiasmo o indiferencia?
D.C.: No sé, pero sospecho que mis ideas ante el idioma no son bien recibidas. Quieren que todo quede igual, que no se cuestione nada. Pero tenemos que ser prácticos y cuestionar la realidad, hasta la realidad lingüística, tan importante. Pero soy independiente, libre, y tengo un editor que me respalda.




Dejá tu comentario