20 de noviembre 2006 - 00:00
En el arte, también fue un apasionado
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Con Julio Bocca, en los inicios de la carrera del bailarín. Ramos promovió su primera gira por el país, y le consagró un programa de televisión.
A fines de los años 80, Ramos regresó de uno de sus viajes a Francia cargado de fotos de esculturas gigantescas. Las dejó en la sección Espectáculos y avisó: «La nota la voy a hacer yo». Había estado con Anthony Quinn, quien a esa edad avanzada, y con su carrera en el cine prácticamente terminada, decidía iniciar otra, la de escultor (un año más tarde, Quinn en persona trajo esas esculturas a Buenos Aires). «Es un monstruo, un gigante», lo llamó.
Leonardo Favio fue otro artista cercano a sus sentimientos. Con él, no se quedó simplemente en el elogio explícito, sino que fue más allá: por su intermedio, Ambito Financiero fue el primer diario que promovió en 1987 una retrospectiva de sus películas (en la Sociedad de Distribuidores de Diarios), y más tarde colaboró con Favio en el lanzamiento de « Gatica» en los cines, una película que le hubiera gustado producir íntegramente.
Sin embargo, si hubo una figura a la que Ramos admiró absoluta e incondicionalmente, fue el maratonista Delfo Cabrera. En 1981, el mismo año de la muerte del deportista en un absurdo accidente automovilístico, se estrenó la película «Carrozas de fuego», exaltación del coraje y la belleza plasmada en esos atletas corriendo a lo largo del mar.
Ramos siempre imaginó esas carrozas en la imagen de Cabrera, su ídolo por antonomasia. Y así lo hizo: puso toda su energía no sólo en la producción de un programa de televisión dedicado a él, sino que además contrató en Londres a un detective privado para que rastreara alguna película en la que se viera el momento consagratorio en el que Cabrera triunfaba en el estadio de Wembley, en las Olimpíadas de 1948, tarea casi imposible porque ese material se creía perdido. Pero lo logró: por primera vez, en ese programa, se vieron esas imágenes.
Delfo Cabrera nació en la extrema pobreza en un pueblito de Santa Fe, huérfano de padre desde muy chico, y se vio obligado a hacer todo tipo de oficio para sobrevivir. La victoria le sobrevino a puro coraje. A Ramos no le faltaban motivos para sentirse identificado.




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