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Deborah Jeane Palfrey, ante los micrófonos cuando estalló el escándalo de prostitución que puso en jaque las carreras de varios hombres poderosos en Washington. Había jurado no ir a la cárcel y ayer apareció muerta.
Las autoridades federales señalaron que durante trece años la empresa empleó a 132 mujeres y generó unos 2 millones de dólares mediante «actividades relacionadas con la prostitución». No obstante, la «madama» afirmaba que las mujeres en su empresa se limitaban a ofrecer compañía y que si alguna de ellas se prostituyó, lo hizo sin su conocimiento.
El caso desató un escándalo en Estados Unidos cuando Palfrey amenazó con vender al mejor postor las listas de llamadas para pagar su defensa.
Finalmente optó por divulgarlas de manera gratuita. Entre los clientes se encontraba el senador republicano David Vitter, quien pidió disculpas por haber cometido «un pecado muy grave».
La dimisión del entonces director de la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), Randall Tobias, que citó razones personales para renunciar, también se relacionó con la red de prostitución.
En declaraciones a la cadena ABC el año pasado, la «madama» había expresado su convencimiento de que no iría a prisión y se había declarado dispuesta a hacer todo lo posible por evitarlo. «Seguro que no voy a ir a prisión ni un día, mucho menos cuatro u ocho años», afirmó entonces.
Sus palabras resultaron en cierto modo proféticas. Evitó ir a prisión, efectivamente, aunque haya sido a costa de su vida. Una de sus «pupilas», la profesora universitaria Brandy Britton, también se suicidó, en 2006, tras ser detenida por prostitución.
Entonces, Palfrey indicó que Britton, de la que aseguró que se prostituía porque era una madre soltera con dos hijos adolescentes y su sueldo académico no le bastaba, se había sentido «demasiado humillada» por la vergüenza de ser conocida públicamente como una prostituta. «Supongo que yo estoy hecha de distinta pasta que Brandy Britton», dijo la «madama».
Unos meses más tarde, arruinada económicamente por el proceso legal, con su reputación por el suelo y obligada a buscar refugio en el hogar de su madre, Palfrey debió concluir que la decisión de Britton había sido la correcta.




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