Beirut, otra vez destruida
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Mohamed Handan había regresado al barrio de Haret Herik sólo para comprobar cómo se encontraba su residencia. «Nos marchamos hace tres días como el resto de la población. Decenas de miles huyeron», explicó.
La mitad del recinto residencial había desaparecido. Barrido por la furia de las bombas. «No importa. Iremos hasta el final. La resistencia pertenece al pueblo. Ahora no es como en 1982. No somos palestinos. Esta es nuestra tierra», dijo antes de continuar su marcha.
Haret Hreik y todos los suburbios del sur de Beirut conocidos globalmente como Dahiyah no son extraños a las catástrofes. Estos lugares en los que viven cerca de medio millón de personas disponen de una historia compleja.
Hasta la guerra civil de 1975, la zona tan sólo era conocida como el «cinturón de la miseria». Un reducto donde se hacinaban los desposeídos procedentes del valle de la Bekaa y del sur del Líbano. El paroxismo de la violencia llegó en 1982 con la invasión israelí.
Enclaves como Bir Hasan, Ghobeiry o el propio Haret Hreik fueron machacados de manera sistemática por las fuerzas del país vecino. Los capitalinos todavía recuerdan las palabras del entonces primer ministro israelí Menahem Begin: «Escapen para salvar la vida, a pie o en auto, pero abandonen Beirut».
Esta vez los israelíes también lanzaron panfletos instando a sus habitantes a huir del lugar. La evacuación efectiva del área parece haber evitado un costo humano abrumador. De hecho, en los hospitales del área los heridos no pasaban del medio centenar y ninguno contabilizaba muertos.
«Los israelíes no entienden que estos bombardeos provocan la unión de los libaneses. Es cierto que no hay tantos muertos como en 1982, pero los daños materiales son increíbles. En cinco días destruyeron lo que tardamos 15 años en rehabilitar. ¿Es que los puentes son de Hizbollah?», dijo el médico Mazih Garios, responsable del hospital Monte Líbano.
Incluso bajo la primacía del despropósito que supone cualquier guerra, en Monte Líbano la naturaleza continuaba su curso. Al lado de los heridos, y bajo las detonaciones cercanas, tres bebés de días dormitaban plácidamente en sus incubadoras.




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