Relato del futuro: diario de un argentino en Madrid (contagiado de Covid-19)

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Las internaciones se han triplicado en la última semana. Pero en las calles no se vive preocupación por la expansión de la pandemia.

Madrid - Las sociedades latinas tienen mala prensa, pero España e Italia registran dos de las mejores tasas de vacunación contra el Covid-19 de toda Europa y países sudamericanos como Argentina y Brasil (a pesar de Jair Bolsonaro y, al revés que en nuestro país, no por impulso del Estado sino de los gobernadores) equiparan o superan a potencias como Alemania y hasta EE.UU. Eso les ha permitido contener por algunas semanas el último grito de la pandemia, la hipercontagiosa variante ómicron, pero, a fin de cuentas, no eludirla… mal que le pese a este periodista, que ha quedado aislado en un hotel con PCR positivo y síntomas leves. Que las cosas sigan así…

En la previa de la Navidad, Madrid es una fiesta. Calles no llenas sino atestadas de gente, colas larguísimas a las puertas de teatros o museos, multitudes por doquier. En postales más propias de populosas ciudades asiáticas que europeas, caminar por la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, la Gran Vía o el Paseo de la Castellana implica abrirse paso con mucha dificultad entre personas que caminan despreocupadas, llenan las mesas de bares y restaurantes (ya sea en interiores como en la acera) y que, a falta de espacio, terminan comiendo sus “bocadillos” o “tapas” y bebiendo sus “cañas” parados o apoyados el vallas policiales.

Los estadios de fútbol y básquet rebosan de espectadores. Los protocolos son estrictos y quien macanee bajándose el barbijo recibe dos o tres advertencias antes de arriesgarse a ser retirado por el personal de seguridad, norma que ni siquiera los “ultras” (un suerte de barrabravas light) osan desafiar.

El barbijo casi siempre visible es el único elemento que recuerda que la fiesta no es total. Esta, que tiene mucho de desahogo tras los confinamientos que se hicieron demasiado largos en todos lados, es de hecho un espejismo. La ómicron llegó hace poco a España y ya estalló como la variante predominante, desplazando a la que hasta hace muy poco nos aterraba, la delta. Los contagios documentados ascienden a unos 50 mil por día, número sin precedentes desde el inicio de la peste.

Según las secuenciaciones que se conocen ahora, ente el 6 y el 12 de diciembre, el 47% de los contagios nuevos ya eran por ómicron. La impactante progresión de la misma permite dar por sentada su absoluta preponderancia actual.

Los noticieros y sitios de noticias se llenan de novedades de positivos de notables, desde Rafael Nadal hasta estrellas del Real Madrid y políticos de primera línea. La alarma, poco a poco, cunde, y en los diálogos informales, que este periodista recuerda hasta el domingo, cuando comenzó su confinamiento, los llamados a la prevención se hacen más comunes. Con todo, casi nadie quiere que se limite la posibilidad de pasear y aglomerarse y, mucho menos, que se generalicen restricciones a la movilidad nocturna que comienzan a aplicar algunas comunidades autónomas.

Las vacunas, dicen los especialistas, parecen insuficientes para impedir los contagios por ómicron, pero sí sirven para atemperar sus efectos. El elevado índice de inmunización hace que la gran mayoría de los nuevos casos oscile entre lo leve y lo moderado, pero poco a poco las salas y terapias intensivas de los hospitales se pueblan como en olas anteriores. Las internaciones se han triplicado en la última semana.

Según explicó el médico que trató a este periodista, uno de los problemas más graves que la variante nueva presenta a las autoridades es, además de su abrumadora capacidad de contagio, el carácter muy suave de los síntomas que genera a las personas que han recibido pautas completas de vacunación. La pérdida del gusto y el olfato (llamador de atención en los albores de la pandemia) ya casi no se detecta, la fiebre ha devenido febrícula y el intenso dolor de garganta, en una ligera picazón. Algo de rinitis y sensación de cansancio también y no mucho más.

Todos indicios muy fáciles de ignorar o no calibrar debidamente y que lanzan a las calles a miles de portadores de la nueva versión del virus SARS-CoV-2 en condiciones de contagiar.

El inicio del invierno europeo es un anticipo de lo que, sin dudas, llegará pronto a Sudamérica y a la Argentina. La estacionalidad (nuestro verano naciente) acaso no frene por demasiado tiempo la expansión de la ómicron dada su enorme transmisibilidad.

Así, lo que hoy se ve aquí debe ser tomado como un severo llamado de atención. Todo lo que en Europa se discute hoy (vacunar más y sin descanso con los sueros actuales, apurar sus actualizaciones, aplicar pases sanitarios, volver al teletrabajo siempre que resulte posible, limitar los encuentros sociales, reducir el aforo en espectáculos masivos, reforzar el uso de los barbijos y las medidas de higiene) será muy pronto, a no dudarlo, eje del debate en la patria que desde aquí se extraña.

Nadie quiere volver al encierro ni a los tiempos en que los débiles morían solos y sin contar siquiera con el consuelo de los seres amados. Hacer un esfuerzo de pragmatismo y adelantar el reloj de lo inexorable puede evitar males mayores.

Tome lo anterior, lector, como un cariñoso deseo de Navidad de un argentino que le escribe, casi como una carta, mientras mira una nublada Madrid desde una ventana. El regreso al hogar por ahora parece lejano.

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