9 de noviembre 2005 - 00:00

"Da miedo, pero es divertido"

París - El aspecto de Ali se parece al de un barrabrava adolescente y enfervorizado. Lleva puesta la camiseta de Zidane. La del Real Madrid y no la de la selección francesa, porque el atuendo es un modo simbólico de invertir el principio de la discriminación.

Nació en París y tiene pasaporte francés, pero se reconoce musulmán y argelino.
Aunque el comportamiento vandálico de la pandilla donde milita recuerda más a la ley destructiva de la kale borroka [«violencia callejera», los grupos juveniles pro ETA] ranque a un estallido ideológico o conceptual. La prueba está en que los muchachos rivalizan en las cifras de vehículos quemados. Más aún si los modelos son de alta cilindrada o si consiguen arrojar un cóctel molotov a un coche de la policía.

• Identikit

Proezas y machadas que Ali tiene recogidas en la memoria visual del teléfono móvil, aunque su padre, nacido en Argel, camarero y riguroso observante del Corán, ignora que su ajetreado primogénito consume las noches en la guerrilla incendiaria de la periferia parisina.

El perfil de Ali corresponde bastante al identikit medio del insurrecto. Porque tiene entre 14 y 25 años.


Porque ha dejado los estudios. Porque malvive con trabajos ocasionales. Y porque ha encontrado su lugar en las pandillas que flirtean con la delincuencia y la extorsión.


Mucho más ahora, que los guerrilleros desafían al antagonista que los anda buscando.

Naturalmente Nicolas Sarkozy, ministro del Interior, sheriff de la crisis y protagonista de unas declaraciones que los colegas de Ali interpretan como una invitación a la guerra: «Voy a acabar a manguerazos con la chusma de esos barrios», dijo «Sarko», como es conocido el ministro, cuando la revuelta urbana empezaba a manifestarse.

Ahora representa una crisis nacional que se encargan de avivar los ultras de los barrios deprimidos. Unos lo hacen de manera anárquica y arbitraria, sin detenerse a pensar en las razones de fondo. Otros entienden que la violencia es la única manera de llamar la atención de la opinión pública. «Muchos de nosotros ya no somos inmigrantes. Hemos nacido en Francia, pero se nos trata igual que si fuéramos ciudadanos de segunda o de tercera. Vivimos en una situación de abandono, así que necesitamos explotar de algún modo», explica un rebelde con más formación e idéntica rabia.

No existe una guerrilla urbana compacta ni homogénea. Tampoco hay cohesión entre los vándalos magrebíes y los subsaharianos. Tienen en común la «vendetta» contra Sarkozy,pero
se discriminan entreellos tanto como hacen los franceses de primera división respecto de las categorías inferiores. «Estamos hartos de compartir la vida con los senegaleses. Primero eran pocos, pero ahora se encuentran en todas partes», explica sin meditarlo mucho un vecino de la periferia.

• Adrenalina

«Salir a la calle por la noche, ponerte el pasamontañas e incendiar coches te sube la adrenalina. A veces tenemos miedo, pero sobre todo nos divertimos», declara Ali, muy orgulloso de haber incendiado un autobús de línea.

Es una furia masculina y adolescente. Porque las chicas se quedan en casa. Tres de ellas se confesaron al diario «Le Monde» advirtiendo sobre el comportamiento camaleónico de sus hermanos: «En casa son normales. Pero cuando salen experimentan una transformación. Se vuelven violentos, incontrolables. Y entran en la filosofía del grupo: aprenden a hacer cócteles molotov y tienen miedo de que los demás pandilleros los llamen cobardes

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