EE.UU., entre sexo e hipocresía
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«Sí, podemos hacerlo por u$s 4.300 el intento» y «No me culpen... Yo voté al cliente número 8», dicen las remeras del flamante merchandising del escándalo sexual del gobernador Eliot Spitzer (arriba). Otra reza «Un poco menos de conversación y un poco más de acción», mientras una taza expresa amor por el «cliente número 9» de la red de prostitución VIP.
Según la Biblia, Jesús fue benévolo con la mujer adúltera e implacable con los mercaderes del templo. No piensa así la sociedad norteamericana. Hugh Grant puede dar fe de ello: en 1995, en Nueva York, el actor británico, pescado in fraganti con una trabajadora del sexo, Divine Brown, fue arrestado y fichado como un delincuente.
Los colonos ingleses que, a bordo del Mayflower, llegaron a la costa de Massachusetts en noviembre de 1620, esos «padres fundadores» cuya odisea es recordada en el Día de Acción de Gracias, eran puritanos, fundamentalistas protestantes que practicaban la religión de un modo riguroso y con una moral muy estricta en materia sexual.
Otra influencia importante fue la del pietismo alemán, corriente también fundamentalista del luteranismo que, en sus inicios, tomó la forma de reuniones de fieles para leer la Biblia. Este carácter asambleístico nunca se perdió. En el pietismo, la confesión pública era una práctica común: tras arrepentirse ante los demás, la «oveja descarriada» era readmitida en el seno de la asamblea de fieles. Habría pues una relación de causalidad entre la propensión a la confesión y la tradición religiosa protestante reformada.
En sus tiempos de presidente, Bill Clinton tuvo que informar a su inquisidor sexual, el fiscal Kennet Starr, todo lo concerniente a su relación furtivacon la pasante de 21 años Monica Lewinsky en el Salón Oval de la Casa Blanca. Había mentido y también por eso tuvo que enfrentar un juicio político. Y pedir perdón. No sólo a su esposa Hillary sino a todo el pueblo norteamericano, al que en cambio dejó indiferente el embuste -también admitido-del ex secretario de Estado, Colin Powell, en Naciones Unidas, donde exhibió falsas pruebas de la existencia de armas nucleares en Irak.
Clinton fue absuelto por el Senado a principios de 1999.
Algunos «pecadores» logran pues redimirse, pero no por vía de la confesión sacramental al estilo católico romano, frente a un sacerdote, o la privada y silenciosa, ante Dios, sino de una reality confession. El ámbito de la pequeña congregación de fieles quedó en la historia. En estos tiempos mediáticos, la asamblea es universal. Revelado el «crimen», la policía mediática del sexo monta de inmediato un linchamiento público del pecador que debe ascender a un cadalso televisivo, erigido a la medida del puritanismo hipócrita de la audiencia. En 1998, Bill Clinton admitía públicamente una « relación física impropia» con Lewinsky. No fue el primero ni el último en confesar su «caída» en el pecado carnal. «En ocasiones me aparté de mi matrimonio», reconoció, por ejemplo, el legislador Bob Livingston, protagonista de otro sonado caso de adulterio. Cuando en 1987 la prensa lo pescó con una amante, el entonces precandidato presidencial demócrata Gary Hart afirmó haber cometido «un condenado error». Error que le costó la carrera. Ni Dick Morris se salvó. Descubierta su afición al sexo pago, el ex jefe de campaña de Clinton y de Fernando de la Rúa se justificó: «Estaba fuera de control». Y, pese a ser judío, Eliot Spitzer no pudo eludir la inquisición puritana. «El remordimiento me acompañará siempre», dijo, contrito.



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