11 de abril 2005 - 00:00

El Pontífice que conmovió al mundo

El mundo entero llora la muerte del hombre del siglo. Millones de personas peregrinaron desde los más recónditos rincones del planeta hasta la Roma legendaria para rendir un último tributo a Juan Pablo II, el gigante de la paz, el hombre que desde el umbral de su pontificado convirtió al mundo entero en un enorme campo de siembra que recorrió íntegra y personalmente al servicio de una Iglesia misionera de la cual fue su principal sembrador.

Este carismático Pontífice representó la lucha por la vigencia de los valores cristianos, la libertad, y la defensa de los pobres y desposeídos. En la tradición del Evangelio fue la voz de los que no tienen voz y el portador de la luz de la redención para aquellos que viven en la sombras; fue el hombre que trascenderá a su vida terrena para convertirse en un símbolo de esperanza en un mundo globalizado que espera la humanización de su proceso de integración y desarrollo.

Más de 140 jefes de Estado y 200 dignatarios de todos los países del mundo, reyes y príncipes, grandes y pequeños, ricos y pobres, líderes de todas las iglesias --cristianas y no cristianas-se arrodillaron frente a su cuerpo inerte en señal de respeto, veneración y homenaje. Millones de hombres y mujeres se agolparon durante decenas de horas en las calles de acceso a la Basílica de San Pedro para desfilar enfrente de cuerpo del Papa, para darle el último adiós. Varios miles de millones de personas del mundo entero siguieron paso a paso las ceremonias de su exequias por televisión.

No recuerda la historia un gesto de esta naturaleza y envergadura, como tampoco de tan enorme reconocimiento por parte del poder terrenal hacia la figura del vicario de Cristo en la Tierra por la labor fecunda llevada adelante en su pontificado y por la entrega generosa de su vida a favor de la paz
.

Un mundo -aparentementeinsensible-se paralizó conmovido ante el misterio insondable de la muerte de un hombre; justamente la muerte de aquél que recogió -como nadie-, desde la silla de Pedro, el testimonio evangélico de la esperanza y proclamó con valentía -y sin amedrentamiento alguno-: «No teman...» a lo largo y a lo ancho del planeta, en sus más de 102 viajes, 1.300.000 kilómetros recorridos, 2.042 discursos y otras tantas miles de homilías.

Y ese «No teman...» no fue sólo por la esperanza de la vida eterna, sino también por la reacción que pudiera generar la fidelidad de representar y defender aquellos valores esenciales y trascendentes que contienen
años de ese evento, y habiendo conducido ese cruce histórico, después de estabilizar la nave, deja el timón para que el mismo quede en manos de otro capitán, para retirarse a su merecido descanso.

Los últimos días del Pontífice, en su vida y en su muerte, también han sido y constituyen una lección para el mundo
.

Gigante, hombre, pastor y maestro; simbiosis única del Pedro fundador -primera piedra-y de Pablo de Tarso peregrino; todo ello fue Juan Pablo II.

En aquella tarde de 1978, probablemente en el corazón de Karol Wojtyla se sintió esa voz que relata San Juan preguntándole: «Karol, hijo de Karol... ¿Me amas más que éstos?». y al responder: « Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero» fue ungido Papa con el mandato de seguir a Cristo y apacentar su rebaño (Jn., 21.15-17).

Veintisiete años después, el 2 de abril de 2005, el diálogo fue otro. Juan Pablo II, Papa, le habría dicho al Señor: «Padre, te he seguido siempre, he apacentado tu rebaño y lo he guiado y cuidado hasta el límite de mis fuerzas, y también más allá, hasta entregar mi vida por tus ovejas...». La respuesta no tardó en llegar. Hoy Karol Wojtyla, sacerdote y Papa, ha entrado definitivamente en la gloria para recibir la prometida herencia de la vida eterna (Mt. 19.29).

Juan Pablo II, Karol, hijo de Karol... descansa en paz.

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