20 de septiembre 2005 - 00:00

Este alemán vota aún con nostalgia

Los resultados electorales en los estados que componían la antigua Alemania comunista marcan cada vez más un comportamiento electoral diferente al del resto del país unificado.

En Sajonia, Turingia, Brandemburgo, Sajonia Anhalt, Mecklemburgo y Berlín (capital), la socialdemocracia (SPD) de Gerhard Schröder sumó 30,5%, contra 25,3% de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que representa Angela Merkel y otro tanto del Partido de Izquierda (ex comunistas y socialdemócratas duros). En el total nacional, esos números se invierten hasta 34,3%, 35,2% y 8,7%, respectivamente.


Semejante brecha política expresa tanto un distanciamiento social y económico como de las expectativas que tienen puestas en la democracia los «ossis» ( orientales) y los «wessis» ( occidentales).

Hildegard Strausberg
, analista del diario conservador «Die Welt», lo expresaba en estos términos: «Hace quince años se incorporaron 17 millones de personas formadas en una dictadura, que creen que el Estado debe solucionarles todo. Esas personas también son ateas, y del ateísmo al totalitarismo hay un paso». Sobre lo segundo, la sociedad alemana evidencia dudas a flor de piel, pero sobre lo primero, hay consenso creciente que se escucha incluso en boca de economistas socialdemócratas.

Citan como ejemplo que las mayores protestas contra la agenda 2010 que esbozó Schröder en su segundo mandato, que implicaba recortes significativos al Estado de bienestar aunque no en la magnitud que proponía la CDU, se dieron en las ciudades del Este.

Otra punta la aporta el semanario «Der Spiegel», que en un número de mayo sobre la idiosincracia alemana, publicó que para 81% de los «wessis», «la libertad personal y la independencia» eran valores primordiales en su vida, contra 72% de los «ossis».

• Diferencias

Los que asignan el mote de «quejosos» a los orientales, recuerdan la transferencia anual de Oeste a Este de u$s 90.000 millones por año, incluso en la actualidad. Para seguir hablando de diferencias, baste mencionar que mientras en el Este el desempleo supera 18%, en el oeste ese porcentaje llega a la mitad y la migración, por ende, es unirideccional.

Tanto Berlín occidental como oriental estuvieron signadas por la reconstrucción de emergencia de la posguerra y la acritud del Muro levantado luego. Las distancia edilicia, que existe, no es abrumadora, como sí lo es entre, por ejemplo, Hamburgo y el este de la capital.

Pero a 16 años de la caída del Muro se siguen respirando otros aires según sean las avenidas que se transite.
«Ossis» y «wessis» de Berlín se informan con diarios distintos, algunos se enorgullecen de no cruzar al otro lado de la ciudad, y votan a una distancia a veces mucho mayor que las pocas cuadras que dominaba el muro. Mientras en barrios de Pankow, en pleno Este, los ex comunistas superan 40%, a cinco kilómetros de allí ese porcentaje baja a un décimo de ese nivel.

Por si Merkel, pese a ser nacida en el Este, tenía una debilidad inicial en los ex estados comunistas, fue
Edmund Stoiber, el líder socialcristiano de Baviera, quien se encargó de tirarle un salvavidas de plomo a su aliada: «No acepto que sean los frustrados del Este quienes decidan el futuro político del país. Es una pena que no todos los alemanes sean tan inteligentes como los bávaros». Los asesores de campaña de Schröder, agradecidos.

Los enamorados no correspondidos saben que la nostalgia se vale de los elementos más inverosímiles para seguir prendido del objeto perdido. Cuentan en Alemania que una vez unificado el país, los orientales se lanzaron maravillados a la compra de autos 0 km. Las rutas deficientes y problemas de manejo elevaron la tasa de accidentes fatales, y en ello, los comunistas vieron una chance. Sacaron cuentas y dijeron que el capitalismo, en pocos meses, había superado el número de víctimas que quedaron atrapados en el Muro en vanos intentos por escapar de la dictadura.

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